Primera versión en Rebelión el 9 de marzo de 2007

Piotr A. Kropotkin (1842-1921), que nació aristócrata y fue militar, explorador y geógrafo en su juventud, y después teórico de la revolución y organizador del movimiento obrero, pervive entre nosotros sobre todo por los trabajos en los que desarrolló sus ideas, que se han convertido en referencias esenciales del pensamiento libertario. Obras como La conquista del pan (1888), Campos, fábricas y talleres (1899) o Ayuda mutua (1902) despliegan los argumentos de un hombre que utiliza su formación científica para buscar claves que permitan la transformación de la sociedad. Así, en su teoría del comunismo libertario, el “príncipe anarquista” es capaz de describir una sociedad sin gobierno estatal y organizada en cooperativas, en la que la solidaridad entre sus miembros se consigue a través de una educación que pone énfasis tanto en los conocimientos librescos como en la formación integral del ser humano. En Ayuda mutua, su obra más ambiciosa, refuta brillantemente a los darwinistas sociales, que trataban de justificar con argumentos biológicos la competencia despiadada del capitalismo, y utiliza para ello observaciones zoológicas e históricas que muestran a las claras que la cooperación entre los miembros de una especie o grupo es siempre un factor clave de su éxito evolutivo.

Menos conocida dentro de la producción de Kropotkin es la autobiografía que escribió a raíz de un viaje por los Estados Unidos y Canadá realizado en 1897, en la que narra los cincuenta primeros años de su vida. Publicada inicialmente en inglés en 1906 con el título Memoirs of a revolutionist, ésta es la obra que ahora nos ofrece la editorial ovetense KRK en una nueva traducción de Pablo Fernández-Castañón Uría ilustrada con viejas fotografías de Nadar de algunos de los protagonistas del relato. El libro lleva también una amena y erudita introducción de T. S. Norio, pseudónimo literario del poeta asturiano Braulio García Noriega. La edición es espléndida y el único defecto que podemos ponerle es su precio algo abultado (49,95 €). Leída con todo el placer que puede proporcionar una buena novela, la obra nos describe escenarios históricos de sumo interés, pero resulta valiosa sobre todo como crónica de la evolución de su autor desde las comodidades de las clases privilegiadas hasta un compromiso con la lucha por la transformación social, renovado siempre a través de cárceles y exilios.

En los primeros capítulos del libro, Kropotkin recuerda con humor y amor su infancia de niño rico y mimado, y dibuja al mismo tiempo un retrato fiel de la vida de la aristocracia rusa a mediados del siglo XIX. El relato nos acerca a aquella época en que la fortuna de un hombre se medía por el número de almas que poseía y la mayor parte de la población vivía sometida a la esclavitud. Hay detalles estremecedores: “En cuanto a la pobreza que vi durante nuestros viajes en algunos pueblos, sobre todo en los que pertenecían a la familia imperial, no hay palabras que pueda describir al lector tal miseria, a no ser que él mismo haya sido testigo.” Con catorce años ingresa en el Cuerpo de Pajes y el libro nos retrata el ambiente de aquella academia militar para hijos de nobles. Las medidas liberalizadoras de los comienzos del reinado de Alejandro II, como el decreto de abolición de la servidumbre, y la forma como fueron recibidas en las distintas clases sociales son comentadas ampliamente, así como el rápido cambio de la política del zar hacia posiciones ultraconservadoras.

Cuando termina sus estudios, elige un destino en Siberia, donde pasará cinco años que le servirán para realizar importantes observaciones geográficas. Al abandonar el ejército en 1867, se establece en San Petersburgo, asiste a clases en la universidad y trabaja para la Sociedad Geográfica Rusa. En esta época, hace trabajos de campo en Finlandia y Suecia y se le ofrece el puesto de secretario de la Sociedad. Sin embargo lo rechaza. Sus estudios científicos le estaban llevando a obtener importantes resultados, pero al mismo tiempo dentro de él se desarrollaba una lucha, y según confiesa “mis pensamientos estaban cautivos por una idea recurrente que me atraía mucho más que la geología.” Contemplando la posibilidad de abrir nuevos horizontes a la geografía física, se plantea sin embargo: “¿qué derecho tenía yo a estos elevados placeres cuando todo a mi alrededor era pobreza y lucha por un triste pedazo de pan?”

En esta época, Rusia está sometida a un régimen de terror y corrupción extrema. En 1872, Kropotkin realiza su primer viaje a Europa occidental e ingresa en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). En las montañas suizas traba relación con la Federación del Jura, agrupación de relojeros que funcionaban con una estructura cooperativa descentralizada que estudia con gran interés: “Los aspectos teóricos del anarquismo, de la manera que estaban empezando a ser enunciados en la Federación del Jura, sobre todo por Bakunin y las críticas al socialismo de estado (…) tenían para mí un gran atractivo desde el punto de vista racional. Pero las relaciones igualitarias que presencié en aquellas montañas, la independencia de pensamiento y expresión que vi desarrollarse entre los trabajadores y su inagotable devoción por la causa me impresionaron más profundamente. Cuando me fui de aquel lugar, en el que tan sólo pasé una semana, mi visión del socialismo estaba bien definida. Me había convertido en un anarquista.”

De regreso en Rusia con una gran cantidad de literatura socialista prohibida, Kropotkin entra a formar parte del Círculo de Chaikovsky, un grupo de intelectuales que trataban de llevar sus ideas de transformación social a los obreros y campesinos, fundamentalmente mediante la circulación de literatura prohibida y experimentos educativos. En él realiza una importante labor de activista hasta que, detenido en 1874, es recluido en la Fortaleza de Pedro y Pablo. El relato de estas desventuras debe recomendarse especialmente a los que opinan que la represión en Rusia es algo que comenzó en la época de Stalin. Tras una rocambolesca evasión en 1876, Kropotkin vive en Inglaterra, Suiza y Francia, país donde sufrirá varios años de encarcelamiento, funda el periódico revolucionario Le Révolté, y participa con sus obras y su actividad infatigable en la organización del movimiento anarquista. En las memorias resume así su pensamiento: “Robert Owen y Fourier habían dado al mundo sus concepciones de una sociedad libre, orgánicamente desarrollada, en oposición a aquellas otras de forma piramidal copiadas del Imperio Romano o de la Iglesia Católica. Proudhon continuó las obras de estos autores y Bakunin, aplicando su diáfano y profundo conocimiento de la filosofía de la historia a la crítica de las presentes instituciones, construía a la vez que destruía (…) En lo que a mí se refiere, poco a poco comencé a darme cuenta de que el anarquismo representa mucho más que un simple método de acción y una mera concepción de una sociedad libre; que formaba parte de una filosofía, natural y social, que debía desarrollarse con los mismos métodos de las ciencias naturales. Yo hice todo lo que me fue posible por trabajar en esta dirección.”  En el libro hay detalles de gran interés sobre sus relaciones con personajes como James Guillaume, Élisée Reclus, Errico Malatesta o Iván S. Turguéniev.

Posteriormente a la época recogida en sus memorias, Kropotkin regresó a Rusia en 1917, después de la revolución de febrero. Allí rechaza el ministerio de educación del Gobierno provisional, y contempla con grandes esperanzas la emergencia de soviets obreros y campesinos en Moscú y Petrogrado, pues ése era precisamente el modelo  de organización social que consideraba más apropiado. Después, la toma del poder por los bolcheviques y su deriva autoritaria le decepcionan profundamente. En una carta a Lenin, escribe: “No puedo llegar a comprender, por más que me esfuerzo y más voluntad que pongo en ello, cómo nadie de los que le rodean a usted no le ha dicho todavía que las decisiones del género que está usted tomando evocan los oscuros tiempos de la Edad Media y los días de las cruzadas. Vladímir Illich, sus actos resultan muy poco dignos de las ideas que, según usted mismo dice, sostiene…” Su multitudinario funeral celebrado en Moscú en 1921, autorizado expresamente por Lenin, fue la última concentración anarquista importante desarrollada en la Unión Soviética.

En el volumen I de la undécima edición de la Enciclopedia Británica (1910), Piotr A. Kropotkin es autor de los artículos: Anarquismo, Altái y Amur. Su saber enciclopédico era sin duda una de las facetas de su personalidad, pero la imagen de él que emerge en sus memorias es sobre todo la de un sabio que en un momento clave de su vida fue capaz de poner todos sus conocimientos y toda su actividad al servicio de un único fin: la transformación de una sociedad cuya aberrante injusticia se la había hecho insoportable. Oscar Wilde, que le conoció personalmente, confiesa en De profundis que Kropotkin era uno de los dos hombres verdaderamente felices que había conocido en su vida (el otro era el poeta Paul Verlaine). Esta noble felicidad del hombre entregado en cuerpo y alma a un ideal se transparenta en cada una de las páginas de Memorias de un revolucionario.