Primera versión en Literaturas.com en abril de 2008

Cuando la observamos con cierta perspectiva y tratamos de situarla en su contexto, la literatura que se produjo en la Europa occidental en los comienzos del siglo XX resulta realmente inquietante y extraña. Abrumados y espoleados por el gran peso de todo lo cosechado en la centuria anterior y también por las propias conmociones históricas que se estaban viviendo, los escritores emprendieron en esos años todo tipo de búsquedas formales y conceptuales que hicieron saltar las fronteras del discurso literario y acabaron dando lugar a una producción abigarrada en la que todo parece tener cabida. Entre estos autores, el papel de Roger Martin du Gard es ciertamente especial. Consciente como casi todos de la necesidad de innovar y obsesionado por acercar la literatura a la historia para hacer de ella un instrumento que nos permita interpretarla, optó por innovar “hacia dentro”, desde una máxima fidelidad al legado de la gran literatura realista. De esta forma, sus dos obras mayores, Jean Barois y la saga de Los Thibault, se pueden considerar al mismo tiempo un canto de cisne de esta corriente literaria o una indagación de sus posibilidades revolucionarias para mostrar una visión integral de la vida humana. La extrema calidad de la producción de RMG le llevó a ser reconocido en 1937 con el premio Nóbel, diez años antes de que lo recibiera también su amigo y mentor André Gide, pero la sinrazón que gobierna el mercado literario hace que medio siglo después de su fallecimiento en 1958, su obra no sea editada, y leída por ende, con la asiduidad que merece.

Roger Martin du Gard nació en el año 1881 en la localidad de Neuilly sur Seine, en las proximidades de París, en el seno de una familia de magistrados y financieros. Tras la educación secundaria y su paso por la École des Chartes, donde obtuvo el título de archivero-paleógrafo, decidió dedicarse de lleno a la creación literaria, que le atraía desde muy joven, y tras algunas obras que tuvieron escasa difusión, en 1913 se da a conocer con la publicación por Gallimard de Jean Barois. Esta novela muestra ya los rasgos esenciales que caracterizarán su producción: la aproximación realista a sucesos clave de la historia francesa contemporánea, y su capacidad sobre todo para mostrar la vida y el carácter de sus protagonistas en sus distintas edades en una forma que permite percibirlos integrados en un proceso, como un todo orgánico. En este caso, la narración se estructura en diálogos acompañados sólo de breves descripciones, con lo que se consigue además una impresión de próxima y tensa realidad. Jean Barois crece huérfano de madre en el ambiente conservador de una pequeña ciudad de provincias, y tras superar una innata tendencia a la tuberculosis, acude a estudiar a París, donde su mentalidad evoluciona progresivamente hacia un alejamiento de la religión y una visión positivista del mundo. Estas ideas le llevan a promover con un grupo de amigos la fundación de una revista Le Semeur, destinada a impulsar el pensamiento libre, una publicación que se involucra después activamente en el caso Dreyfus con el fin de demostrar la inocencia de este oficial injustamente acusado. No obstante, la orientación que Jean ha dado a su vida y que es sólo una expresión del desarrollo libre y crítico de su ideario, le acarrea continuos sinsabores. Los ataques a la explicación que hace de las teorías de Lamarck y Darwin en sus clases de Ciencias Naturales de un colegio le obligan a presentar la renuncia a este trabajo. Su matrimonio resulta después un fracaso por las profundas convicciones religiosas de su mujer, y el conflicto se agrava cuando su hija Marie decide hacerse monja. En sus últimos momentos, la atmósfera familiar opresiva y el desasosiego ante la inminencia de la muerte, le llevan a abjurar de sus ideas y volver al cristianismo. La obra es un ajustado estudio de la evolución intelectual y moral de su protagonista y refleja sobre todo las contradicciones y luchas que la sociedad burguesa y el pensamiento reaccionario imponen a un individuo que se debate por lograr una conciencia racional y lúcida del mundo que le rodea.

En esta época, Martin du Gard escribe también una obra teatral, El testamento del P. Lelou, representada en 1914, el mismo año en que es movilizado. A su regreso de la guerra, concibe el plan de un vasto ciclo centrada en dos hermanos que él mismo presenta con estas palabras: “dos seres de temperamentos tan distintos y divergentes como sea posible, pero muy marcados por las oscuras semejanzas que crea el atavismo de la sangre.” Esta obra, a la que dedicará la mayor parte de sus energías entre 1920 y 1940 va a aparecer en ocho fragmentos agrupados bajo el título de Los Thibault. Al comienza de ella nos encontramos con una familia de la alta burguesía en el París de principios del siglo XX y conocemos a sus dos hijos, Antoine, el mayor, un brillante médico, conservador y volcado en su profesión, y Jacques, diez años más joven, inquieto y rebelde, con inclinaciones literarias, sometidos los dos a la despótica voluntad del padre, Oscar Thibault, católico intransigente y autoritario. Existe un primer grupo de seis novelas, desde El cuaderno gris (1922) hasta La muerte del padre (1929), en las que se nos presenta por un lado a Antoine, que lucha por forjarse una reputación. El arte de RMG, la sobriedad de su estilo para que nada impida nuestro acercamiento a lo real, nos brindan en estos libros una imagen insustituible de la vida y las preocupaciones de un joven médico de aquel tiempo, elegante, irónico y mundano, científico y hedonista. La cuarta novela, La consulta, es en este sentido magistral, así como La muerte del padre, con su pormenorizada crónica de los últimos días del viejo Thibault, que consigue ser a la vez un compendio de medicina y una lectura absorbente. Se nos describe también la vida de Jacques en estos mismos años, marcada por su amistad con Daniel de Fontanin, hijo de una familia protestante, contrapunto liberal de la tiranía del padre, y por sus enfrentamientos con éste, en los que Antoine le da muchas veces su apoyo. Al fin, Jacques marcha de París, y su familia ignora qué ha sido de él hasta que la aparición de un artículo en una revista les revela que vive en Suiza, donde colabora activamente con un grupo socialista. Frente a los hábitos burgueses de Antoine, la vida atormentada y de pugna con el poder de Jacques constituye el otro polo sobre el que gira la narración.

Estos seis primeros fragmentos de la serie se desarrollaron de acuerdo con el plan inicial de la obra, que planeaba describir después la progresiva corrupción de la personalidad de Antoine y Jacques por efecto del dinero heredado. Sin embargo, en 1931 RMG modifica su esquema para introducir la Gran Guerra como el evento crucial que trunca la existencia de los protagonistas. De esta manera, la séptima novela de la serie, El verano de 1914 (1936), que continúa centrada en los dos hermanos, se convierte también en un estudio lúcido y documentado sobre los prolegómenos de la masacre. La obra nos adentra en su final en los intentos de la Internacional socialista por aglutinar la oposición a la guerra de los partidos obreros, actividades en las que Jacques juega un papel importante, y concluye con el relato de su muerte, cuando ante la impotencia de sus esfuerzos, decide inmolarse en un gesto desesperado arrojando desde un avión folletos pacifistas sobre las trincheras de los que se preparan para combatir. El manifiesto que prepara para la ocasión constituye uno de los textos antibelicistas más brillantes e intensos que se han escrito nunca. La novela nos narra además el reencuentro de Jacques en París con Jenny de Fontanin, hermana de Daniel, unos días antes de su muerte, y el breve y volcánico romance entre ellos del que nacerá un niño, Jean Paul. Epílogo (1940), última novela del ciclo, nos muestra los paisajes después de la batalla con Antoine convaleciente tras ser gaseado con iperita en el frente, Daniel mutilado y Jenny que junto a su familia cuida del pequeño Jean Paul. La obra describe después el agravamiento progresivo de Antoine y concluye con su suicidio en un momento en que agobiado de dolores está a punto de sucumbir a la enfermedad.

La orientación dada a la saga en las dos últimas novelas hace que las personalidades tan magistralmente perfiladas sean percibidas además integradas en el devenir histórico que las destruye, lo que la convierte en un alegato demoledor contra la guerra. Con su aproximación milimétrica a la realidad, la prosa de RMG acaba construyendo un tejido que nos atrapa en su densidad humana y así, la irrupción de la historia-crimen que sepulta todas las esperanzas es apreciada en su justa dimensión. En este sentido, el relato está lleno de escenas memorables, como la que nos describe a Jenny y Jacques caminando de la mano por las calles de París, felizmente enamorados y felizmente amantes justo el día que éstas son invadidas por camiones con soldados y las gentes despiertan a la pesadilla de la movilización general. Aprendemos a querer a Antoine y Jacques cuando asistimos a sus primeras discusiones, que tanto se parecen a las de todos los hermanos, y les vemos después extinguirse como carne de cañón en la Gran Guerra. Al final de la saga, los dos destinos quedan expuestos ante nosotros en su atormentada complejidad y su arcana sencillez.

Esto es Los Thibault, la perfección de dos retratos humanos: Jacques y Antoine, un poco como D. Quijote y Sancho, simplemente dos hombres atrapados en el engranaje de la Historia, e Historia ellos mismos también, voluntad que en un momento sueña cambiar la Historia, como en el vuelo desesperado de Jacques sobre el campo de batalla repartiendo octavillas que gritan la verdad a los soldados. Belleza y voluntad al fin, libre voluntad de la vida. Destinos como un trazo único dibujado ante nosotros. Jacques y Antoine, humanos en su intensidad y su martirio, nunca olvidados. Los Thibault es uno de esos pocos libros que nos explican el mundo y se nos quedan además atragantados en el corazón.

El resto de la obra literaria de RMG en sus últimos años comprende unas pocas piezas teatrales, algunos escritos menores y una novela El teniente coronel de Maumort, que quedó inconclusa a su muerte. Tienen gran interés además sus Notas sobre André Gide (1951), crónica de casi cuatro décadas de amistad. Editada y traducida generosamente en su momento a raíz de la concesión del premio Nóbel y demasiado olvidada hoy día, la producción de Roger Martin du Gard llega hasta nosotros marcada sobre todo en su técnica por el afán de aproximación a la realidad de un escritor ajeno a las estridencias del estilo y que se documentaba paciente y minuciosamente antes de acometer su trabajo. Esto le permite en sus obras mayores alcanzar una perspectiva integrada y global de la vida de sus protagonistas y una visión de la incardinación del individuo en su tiempo, que son su legado más revolucionario. Su obra permanece como el testimonio literario de un impulso de arte trascendido de realidad y sentido histórico que nos suministra valiosas claves para interpretar el destino humano.