Primera versión en Rebelión el 23 de septiembre de 2015

Manuel Alberca nos recuerda en la introducción de La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán (Tusquets, 2015) la penuria de biografías disponibles sobre este autor fundamental, pues incluso la que le dedicó Ramón Gómez de la Serna en 1944, divertida y literariamente brillante, resulta en ocasiones no demasiado fiel a la realidad. La que ahora él nos presenta viene marcada por un ingente trabajo de documentación. Con sus 648 páginas más 114 de notas e índices, escudriñadora, reveladora y en nada hagiográfica, la obra pretende despojar de sus máscaras al que veló celosamente muchos aspectos de su existencia. Ciertamente lo consigue.

Primeros años 1866-1892

Contra otras versiones difundidas por Valle en diferentes momentos de su vida sobre el lugar de su nacimiento, su acta de bautismo lo fija el 28 de octubre de 1866 en Villanueva de Arosa, donde su abuelo materno era alcalde conservador y su padre, simpatizante republicano, concejal de la oposición (llegaría a ser alcalde tras la Gloriosa en 1869). Es el segundo de los cuatro hijos que sobrevivirán del segundo matrimonio de este, a sumar a los dos de un enlace anterior, familia de buena posición, con ribetes de abolengo nobiliario, pero adaptada a las transformaciones económicas y políticas de los nuevos tiempos en una ría de Arosa que, con las industrias de salazón establecidas por empresarios catalanes, era un puntal del desarrollo regional.

Hay que decir, sin embargo, que desde muy niño, el afecto de Valle no es para esta costa industrializada y relativamente próspera, sino para la Terra do Salnés interior, mísera y atrasada, anclada en tradiciones que tuvieron el poder de cautivar su imaginación. Diversos testimonios lo dibujan retraído y díscolo en su niñez. El bachillerato lo cursa por enseñanza libre en los institutos de Pontevedra y Santiago, resolviendo la situación con atracones de última hora y resultados muy discretos. Frecuenta, no obstante, la biblioteca de su padre, donde se hace devoto de Zorrilla y novelones de la época que exaltaban los valores caballerescos.

En septiembre de 1884 se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago. La carrera no le entusiasmaba y hasta 1887 no se presenta a ningún examen. Su tiempo lo ocupan lecturas, clases de esgrima, equitación y veladas de naipes. Es esta la época también en que rehúye el servicio militar alegando una vaga enfermedad, se aproxima a círculos del carlismo gallego y comienza sus colaboraciones en la prensa. En 1890, tras el fallecimiento de su padre, se siente libre para abandonar unos estudios que en nada le atraían y dedicarse a la literatura. Ese mismo año realiza su primer viaje a Madrid, meca de los que querían hacerse un nombre en las letras hispanas.

México 1892-1893

Tras su regreso a Galicia en 1991, decide acabar con lo que después valoraría como una “vida de larva” y buscar más amplios derroteros. Así resuelve viajar a América y el país escogido es México. El 12 de marzo de 1892 se embarca en Marín en un buque francés, el Havre, procedente de Amberes y el 8 de abril está en Veracruz. Instalado en Ciudad de México, colabora en El Correo Español y luego en El Universal y La Raza Latina, recurriendo en ocasiones a textos ya publicados en España. Peleas y un conato de duelo le hacen ganar en esta época fama de bravo, mientras continúa con la afición al espiritismo que ya había manifestado en España. Vive después en Veracruz, donde trabaja en La Crónica Mercantil, y el 24 de marzo de 1893 se embarca en Mérida y tras una breve estancia en Cuba, a finales de abril llega a Galicia. Su aventura mexicana duró un año largo y le sirvió para conocer un país y unas gentes que le quedaron hondamente grabadas y aparecerán recurrentemente en sus escritos. Allí descubre además el modernismo, que sería la gran influencia estilística de sus primeras obras.

Galicia 1893-1895

Establecido en el domicilio familiar de Pontevedra, Ramón, con luenga barba y melena, chambergo y grandes gafas de carey hace un extraño efecto en la ciudad. La barba y los enormes cuellos que solía usar perseguían también esconder las cicatrices de escrófula que tenía en el cuello. El aspirante a escritor pasea, practica esgrima y acude por las tardes a la tertulia en casa de unos amigos. Trabaja en la primera obra que dará a la imprenta, Femeninas, colección de seis historias de amor galantes e imposibles, que verá la luz en marzo de 1895. Planea entonces su segundo asalto a la capital, y tras proveerse, usando sus influencias, de un “momio”, un puesto remunerado en la Administración (dos mil pesetas anuales) sin tener siquiera que ir a la oficina, con su nuevo libro debajo del brazo allí lo tenemos a mediados de abril.

Primeros años en Madrid 1895-1899

Era la capital de España por entonces un poblachón manchego sucio y lóbrego, insalubre, enormemente ruidoso y con amplias capas de población al borde de la miseria o en ella misma, pero allí había de acudir el escritor que pretendía ser conocido como tal. Valle se hace asiduo de tertulias donde fabula historias de duelos y reyertas, y no manifiesta ideas políticas o en todo caso un acomodaticio escepticismo a favor del poder vigente. Entretanto, su obra mira a un pasado mitificado, pre-industrial y visto con una óptica reaccionaria. Tras desvivirse en su difusión, aparecen críticas abundantes y positivas de sus Femeninas. En breve, su aspecto inconfundible lo hace famoso en la villa y corte. Su objetivo de no pasar desapercibido y forjarse una leyenda parece ir cumpliéndose.

Trabaja sin el agobio de publicar, puliendo borradores con ansias de perfeccionista. Los cafés son el lugar donde reina por sus opiniones vehementes e ingeniosas y su elocuencia, a pesar de su dicción, con eses silbantes que son ceceo según algunos. El hecho de que en esta época se haga acompañar por un criado al que no dirige la palabra nos da una idea de su mentalidad antigua y su carácter. Mientras tanto frecuenta ya lo más selecto de la literatura capitalina. En marzo de 1897 edita a su costa Epitalamio, novela libertina de estilo novedoso cuyas ventas fracasan, aunque el suave rapapolvo de Clarín, que veía en él un escritor prometedor, le supo a gloria.

En 1898 debuta como actor, profesión que le atraía sobremanera. En La comida de las fieras de Benavente, hace de sí mismo (joven decadente) con bastante éxito, pero al año siguiente fracasa en una adaptación de Daudet. Es de destacar que en ambas obras coincidió con una joven actriz, Josefina Blanco, que andando el tiempo se convertirá en su esposa.

Una hora desgraciada 1899

En la tarde del 24 de julio de 1899, cuando Valle se encontraba en el café de la Montaña en la Puerta del Sol, se entabló una discusión que llegó a las manos entre él y el periodista vasco Manuel Bueno. Este le atizó varios bastonazos, mientras Ramón le arrojaba una jarra con agua, tazas, vasos y todo lo que había sobre la mesa. De resultas de la refriega, Valle quedó con heridas en la cabeza y el brazo izquierdo, de las que la más aparatosa era la de la cabeza. No obstante, la del brazo, que apenas sangraba, iba acompañada de una fractura que en unos días provocó una infección, y obligó a amputarlo por encima del codo el 10 de agosto. Aunque aprendió a valerse para casi todas las faenas cotidianas, fue este un golpe brutal que le hizo centrarse en su carrera literaria. Tuvo además grandeza de ánimo para sublimar en cómico lo trágico, lo que será desde entonces una característica de su vida y de su obra.

Saliendo adelante 1899-1905

Las desgracias nunca vienen solas y a finales de año, la pérdida del momio que disfrutaba, por los reajustes en la Administración tras el desastre colonial, van a poner a Valle en una situación apurada. En diciembre su drama Cenizas, estrenado con el apoyo de su amigo Jacinto Benavente, fracasa estrepitosamente. Recibe ayuda económica de su familia, adapta como novela La cara de Dios, una pieza de Arniches, realiza traducciones y recurre a las tarjetas postales literarias, que estaban de moda por entonces y comercializaban fotograbados de textos autógrafos de escritores. En esta época, el hambre acechaba en ocasiones, pero pulcro, abstemio y cuidadoso siempre en sus cuentas, nunca cayó en las extravagancias de la bohemia.

Pronto su situación mejora, cuando empieza a enviar fragmentos de las obras que proyecta a diversos periódicos y revistas. Convaleciente de una herida de bala en un pie que se inflige a sí mismo haciendo prácticas de tiro, da forma a un argumento que le rondaba por la cabeza y así en 1902 aparece su Sonata de otoño, en la que nace para la literatura el que será su álter ego más conocido, el marqués de Bradomín; la obra es un éxito de crítica y ventas. En 1903 edita a su costa Corte de amor, Jardín umbrío y la Sonata de estío. En 1904 sigue la Sonata de primavera, junto a Flor de santidad, que se recrea en una religiosidad ancestral, y en 1905 la Sonata de invierno. En esta época, formando tándem con su amigo Manuel Bueno, a quien no guarda ningún rencor, adapta obras clásicas para el teatro. Son estos años también de agrias polémicas con el crítico Francisco Navarro Ledesma o José Echegaray (Nobel en 1904), defendiendo siempre los ideales elitistas y esteticistas del modernismo.

Se ha convertido ya en un personaje con popularidad extraliteraria y sus libros son admirados por una minoría a la que no espantan sus tramas de subido tono erótico, mientras la crítica más rancia lo rechaza por inmoral y decadente. Se da la paradoja de que es un conservador para los liberales y un autor pecaminoso para los conservadores, aunque todos lo reconocen como un consumado orfebre del idioma. En 1905 se manifiestan sus primeros problemas de salud; padece del estómago y ha de cuidar mucho la alimentación.

Idilio

Es a partir de 1901 cuando la relación de Ramón con la actriz Josefina Blanco se intensifica y en 1906 son considerados ya novios en los ambientes que frecuentan. Ella había nacido en 1879 en León y desarrollado una brillante carrera especializada en papeles de niña ingenua. Para él era además una hija espiritual que lo trataba de usted en las cartas, mientras él la tuteaba. Esta correspondencia desvela un íntimo secreto de Valle, la existencia de una hija de éste nacida de una relación anterior y de la que no existe ninguna otra noticia. Tras un accidentado viaje a las islas Canarias con la compañía de Ricardo Calvo, durante el cual hacen ya vida marital, a principios de 1907, se presentan en Madrid como marido y mujer, aunque la ceremonia no tendrá lugar hasta el 24 de agosto, en la parroquia de San esteban de la calle de Atocha. Él tiene cuarenta y un años y ella veintiocho.

Nuevos horizontes 1907-1910

Tras el estreno de Águila de blasón, su obra más ambiciosa hasta el momento, en marzo de 1907, Valle comienza a replantearse el objetivo de su literatura, y sin rehuir el preciosismo formal se propone a buscar un trasfondo más serio en sus argumentos y un público más amplio. La estabilidad que le aporta la vida de casado va a influir también positivamente en su trabajo, mientras su aspecto físico se hace más cuidado y convencional y se convierte en un referente de la vida cultural cuya opinión sobre literatura o pintura es enormemente respetada. En 1907 nace ya su primera hija con Josefina, Conchita, y entre 1908 y 1909 aparece su trilogía de la guerra carlista, que fue acogida con entusiasmo por la crítica y los medios tradicionalistas y supuso además un gran éxito de ventas. El paso del decadentismo al legitimismo fue para él muy favorable en este sentido. Su pensamiento evidencia en entrevistas de esta época los rasgos de la derecha más extrema, aunque de alguna forma no deja de buscar en sus obras una solidaridad entre las clases aristocrática y popular contra los liberales.

En la primavera de 1910, Ramón acompaña a su mujer en la gira que realiza por Argentina y otros países del cono sur, donde actuará de director artístico en las representaciones de sus obras. Aclamado y homenajeado, desarrolla también una faceta de conferenciante que le resulta provechosa económicamente. Con una joven de la alta sociedad bonaerense, Luisa Díaz, establece una relación intensa y especial que da lugar a varias cartas y un poema a ella dedicado que son diseccionados por Alberca, ansioso siempre de bucear en el alma de su biografiado.

Un escritor ultramontano 1910-1919

De regreso en la península, hace compatible su activismo carlista como conferenciante por diversas ciudades con el trabajo literario, y en 1911 se estrena en Barcelona Voces de gesta, su pieza teatral más abiertamente política y propagandística. Los críticos la elogian, así como la siguiente, La marquesa Rosalinda, cuya premier fue en marzo de 1912 en Madrid, pero hay que decir que estas obras duraron poco en cartel y resultaron escasamente rentables para la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza que las representaba. Las desavenencias que esto origina, unidas a las diferencias políticas y de carácter, terminarán produciendo la ruptura, con lo que Josefina dejará también la compañía con la que actuaba desde 1910.

A partir de 1912 y durante varios lustros, la familia reside parte del año en Madrid y parte en Galicia, en casas alquiladas en Cambados y más tarde en la Puebla del Caramiñal. De 1913 datan los primeros indicios de la enfermedad de vejiga que lo martirizará los años venideros y lo acabará llevando a la tumba. El estreno de El Embrujado este mismo año es un fracaso y determina además su ruptura con Galdós, fruto más que nada del endemoniado carácter de Valle. A raíz de esto, su carrera de dramaturgo sufrirá un parón, mientras comienza a editar a sus expensas, con enorme mimo, los primeros volúmenes de sus Opera omnia, que según los detallados cálculos de Alberca le produjeron jugosas ganancias. En 1913 arranca también su amistad con el torero Juan Belmonte, cuyo arte admiraba profundamente.

En mayo de 1914 nace su primer hijo varón. Morirá a los pocos meses sumiéndole en honda amargura. En febrero de 1916, aparece La lámpara maravillosa, compendio de sus ideas estéticas y poco después realiza un viaje a las trincheras de la I guerra mundial. Partidario entusiasta del bando aliado, ello provoca un cierto distanciamiento respecto a la línea oficial carlista, aunque su ideología no cambia en absoluto. Tras unos días en París, donde trata a un joven Corpus Barga, el 5 de mayo viaja en tren a Alsacia y el 7 y el 8 atisba desde las trincheras de los Vosgos campos desolados con cadáveres pudriéndose en la nieve.

También hace visitas a otros frentes, entre ellos el de Champaña, donde presencia las escenas más atroces de destrucción y se habitúa a fumar tabaco para soportar el hedor de los restos humanos diseminados. El 18 de mayo vuela en avión: “Una impresión de fuerza y belleza”. Aprovecha además sus estancias en París para trabajar la difusión de su obra y a finales de junio regresa a Madrid. El texto en el que narra sus recuerdos del frente, La media noche, se salda con un fracaso. Puede pensarse que prisionero de una ideología que ensalza la guerra heroica como motor de la historia, enfrentarse a la experiencia inhumana de la matanza tecnológica le ha dejado perplejo, incapaz de expresar lo profundo que bulle, confundido por un golpe brusco de realidad.

En los años que siguen Valle vive la alegría del nacimiento de su primer hijo varón, Carlos Luis, en 1917 y de su hija Mariquiña en 1919, mientras su vida continúa dividida entre Galicia y Madrid, donde es nombrado catedrático de Estética de las Bellas Artes en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, cargo cuyas obligaciones no eran excesivas ni le quitaban el sueño y en el que permanecerá hasta 1919. La otra cara de la moneda son las hematurias y trastornos estomacales que padece esporádicamente. La pipa de kif, de 1919, aúna lo trágico y lo grotesco en versos resonantes entre nubes de paraísos artificiales. Es una revolución estética que preludia la dimensión crítica que tomará su obra a partir de ahora.

El esperpento

1920 es un annus mirabilis de Valle, con la aparición de Divinas palabras, Farsa y licencia de la reina castiza y Luces de bohemia, un teatro literario que ha renunciado a subir a las tablas y que expresa su nueva y despiadada visión de la historia y la realidad del país; en frase que pone en boca de Max Estrella: “España es una deformación grotesca de la civilización europea”. Es ahora gran amigo y contertulio de intelectuales republicanos y socialistas, como Manuel Azaña, Cipriano Rivas Cherif o Luis Araquistain, que hacen intentos infructuosos porque su teatro sea representado. Sin embargo, no ha de pensarse que su ideología haya cambiado; cabe decir, más bien, que su inveterado antiliberalismo ha encarnado en un nuevo molde, el de una revolución social en la que los pobres y humildes han de ser protagonistas, pero sólo para ser conducidos por una nueva elite.

En 1921, el proyecto largamente acariciado de un nuevo viaje a México cristaliza al fin en una invitación del gobierno de aquel país, que busca enriquecer con su presencia los fastos del centenario de la independencia. De septiembre a noviembre que dura su estancia, será agasajado por los medios oficiales, al tiempo que los terratenientes españoles critican su apoyo a un presidente que se dispone a expropiarlos. En sus conferencias elogia el socialismo y trata a los conquistadores de “salteadores de caminos”. En el regreso, visita La Habana y Nueva York; en una conferencia en la academia militar de West Point expresa sin ambages su amor por la guerra, “partera de la historia”. El 1 de enero de 1922 ya está en Vigo. A los pocos días nace su hijo Jaime.

Los años que siguen estarán marcados por los coletazos de las polémicas mexicanas, por un agravamiento de sus problemas de vejiga, diagnosticados ya como cáncer y que obligan a dolorosas intervenciones en la primavera de 1924, y por el trabajo en obras emblemáticas de su nuevo estilo: Tirano banderas (1926), y las primeras entregas de su Ruedo Ibérico: La corte de los milagros (1927) y ¡Viva mi dueño! (1928). Su última hija, Ana María Antonia, nace en agosto de 1924, y en 1926, tras muchos años pasando largas temporadas en Galicia, toda la familia se establece en Madrid. Respecto a sus posiciones políticas, entrevistas de este tiempo confirman su talante conservador y su predilección por regímenes autoritarios, mientras en su domicilio continúan en lugar de honor los retratos dedicados de la familia real carlista. En este sentido, la oposición que manifiesta a la dictadura de Primo en los últimos años de esta no puede entenderse como un ejercicio de liberalismo, sino como un rechazo al régimen de la Restauración, sin que sea descartable en ello también algo de gesto para la galería.

1930 es el año del cambio, con la “dictablanda” de Berenguer y Azaña escalando en marzo su primer largo al Ateneo de Madrid. Valle, tras unas dilatadas vacaciones en el palacio de Jarola en el Baztán, que duran hasta diciembre de 1929, participa en la efervescencia que ha de barrer al odiado Alfonso, aunque en mayo una complicación renal de sus problemas de vejiga obliga a una intervención quirúrgica de la que se recupera pronto. El resto del año lo pasa arreglando sus asuntos editoriales en la capital, mientras Josefina y los niños veranean en Navarra. Después esta estancia se prolonga y nubarrones oscuros surgen en la relación de la pareja.

Epílogo republicano

Proclamada la II República, Valle expresa públicamente su apoyo al nuevo régimen y a Alejandro Lerroux, que lo presenta en las elecciones de junio en las listas de Pontevedra sin que consiga escaño, en parte porque se negó a abandonar Madrid y hacer campaña sobre el terreno. Tras esto, juega sus cartas para conseguir algún cargo oficial, aunque sus amigos ahora en el poder desconfían tanto de su ideología como de su temperamento. El 25 de agosto es nombrado conservador general del Tesoro Artístico Nacional, un puesto bien remunerado y sin funciones que resuelve el dilema, pero el conflicto es inevitable cuando él trata de llevar adelante algunos proyectos que se le ocurren, por otra parte muy razonables. En su desencanto arremete contra la república y su sistema parlamentario y manifiesta en una entrevista su predilección por una dictadura “no como la del pobre Primo, sino como la de Lenin”. Aunque las relaciones mejoran cuando en enero es nombrado director del museo de Aranjuez, otra vez sus sugerencias caen en saco roto y presenta la dimisión. La situación se complica porque por esas mismas fechas Josefina, aprovechando la ley recién aprobada, le plantea una demanda de divorcio.

Año difícil 1932, con problemas económicos que él exagera histriónicamente hablando de internar a los niños en un asilo, con mala salud, y con un veredicto en diciembre de la demanda de divorcio que lo declara culpable y lo obliga a pagar mensualmente una sustanciosa pensión (2500 pts. de entonces) a Josefina. Digamos de paso que ella llevaba de abogada a Clara Campoamor y Ramón renunció a toda defensa y ni siquiera se personó en el juicio. En agosto de este año hubo un intento de acercamiento con su hija mayor, Conchita, huida del hogar y casada contra la voluntad de sus padres, que era ya madre de un niño; acabó mal por un enfrentamiento durante la entrevista entre suegro y yerno; las relaciones siguieron rotas.

A principios de 1933 pasa dos meses y medio en el hospital, sometido a penosos tratamientos que soporta estoicamente. En marzo, tras mucho trabajárselo, es nombrado director de la Academia de Bellas Artes de España en Roma, como era su sueño. Viaja en seguida acompañado de sus tres hijos pequeños, pero la desilusión amenaza nada más llegar: las condiciones de habitabilidad de la vivienda del director son deplorables, como lo es el estado general del soberbio edificio, injuriado por torpes reformas recientes; además, cuando trata de imponer orden en el caos imperante entre los becarios, estallan las trifulcas. Sus planes de paz y escritura naufragan en este ambiente crispado. De vacaciones en Madrid, arma una buena al elogiar a Mussolini y su política, “que representan, mejor que nadie, el sentido universal y católico de la cultura europea”.

Aunque su afán era dejar la dirección de la Academia, sus intentos no prosperan y ya con nuevo gobierno, en marzo de 1934 ha de volver a Roma. No obstante, las críticas a su gestión lo acaban de desanimar y presenta la dimisión mientras su dolencia se recrudece y obliga a crueles tratamientos quirúrgicos. En noviembre regresa a Madrid, y participa activamente en las campañas a favor de los mineros asturianos presos. En marzo de 1935 viaja a Santiago para someterse a radioterapia, novedosa técnica que el doctor Villar Iglesias había traído de París. La mejoría lo anima a trabajar en una nueva novela del Ruedo Ibérico: El trueno dorado, y también a hacer turismo por Galicia. En entrevistas de la época sigue expresando un irreductible tradicionalismo. Para octubre su salud empeora y pasa casi todo el tiempo en la clínica, donde fallece el 5 de enero de 1936. De los familiares cercanos, sólo tuvo a su lado a su hijo mayor, Carlos, que acababa de empezar la carrera de medicina en Santiago.

Una biografía casi definitiva

Al poco de su llegada a la capital del reino, Valle es ya referencia inevitable de su vida literaria. Curioso híbrido de druida galaico y chulángano madrileño en su imagen personal, belicoso y aficionado a lances de honor, se convierte pronto en personaje imprescindible, siempre en el candelero y siempre fiel sólo a sí mismo desde su trono de la tertulia cafetil, mientras sus amistades se desplazan de la comunión tradicionalista al republicanismo y socialismo más de orden. Nadie alcanzará a ver la realidad del hombre tras el eterno mistificador, dispuesto a cada paso a enhebrar fantasías para velar su intimidad; la vida de Valle es un disfraz que se desnuda sólo en el espejo de Bradomín, el noble guerrero, transgresor y seductor que hubiera querido ser. Manuel Alberca ha realizado un enorme trabajo que nos permite adivinar algo de lo que había bajo ese disfraz: un hombre plagado de contradicciones que trataba de esconder con una falsa seguridad.

Siempre poeta y mago de la palabra, Valle retrata en sus primeros libros seres idealizados como dioses del Olimpo, pero sabe evolucionar después para descubrir la realidad que lo rodea y dejarnos el retablo más genial de la cochambre ibérica en los muñecos de guiñol de sus esperpentos. Con larga melena o rapado al cero, ultramontano o socialista, su mayor repulsa es siempre para la burguesía liberal, sin que nunca se preocupara de dotar de una coherencia lógica a sus argumentos. Así lo descubrimos; sólo poeta y esclavo de sus impulsos; colérico, pero incapaz de rencor; habitante de una perpetua contradicción. El acercamiento que nos permite esta biografía ha de sorprender a muchos, y a no pocos de sus admiradores incondicionales les costará reconciliarse con quien afirmaba en 1910, con cuarenta y tres años, que “España debía exterminar las razas autóctonas americanas. La política de los conquistadores españoles fue en demasía suave y humanitaria.”

Sólo hay un aspecto de la biografía de Valle que este libro deja algo en la sombra, y me refiero a la ajetreada vida amorosa que Josefina le atribuye en su demanda de divorcio. Así como se aporta una relación muy detallada de sus diferentes fuentes de ingresos y su situación económica en cada momento, el lector queda con la duda de si podrían existir “gastos extraordinarios” que explicaran la penuria que padecía muchas veces. Es esta una investigación bastante alejada de lo filológico y literario, pero que podría esclarecer algunos rasgos de su obra.

La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán explora la realidad más real de un personaje demasiado mitificado, y resultará imprescindible para todos los que se interesen por este autor esencial. Se convierte así en una referencia obligada que merecía haber encarnado en una edición más sólida, una por lo menos en la que el mínimo contacto de un dedo sobre la página no provocara odiosos corrimientos de tinta.