Primera versión en Rebelión el 31 de julio de 2019

Los caminos de la memoria, tan pródigos en enterramientos y derrumbes, nos regalan a veces confluencias casi mágicas. Un joven asturiano viaja en 2005 a la Argentina para resolver asuntos familiares, tras el fallecimiento de un tío abuelo emigrado allí después de la guerra civil española. Sorprendentemente, a miles de kilómetros de su país va a tomar conciencia de algo que ocurrió en él mucho antes de que naciera, acontecimientos esenciales que atraen su atención y comienza a investigar. Tras una intensa recopilación de documentos y testimonios, su trabajo cristaliza en 2018 en Los labios apretados, un documental que pretende mantener viva la memoria de la revolución de octubre de 1934 en Asturias.

La vieja casa porteña de su tío abuelo está llena de estanterías y armarios con libros, fotografías y documentos, en gran parte dedicados a los sucesos de octubre. Allí están, por ejemplo, las memorias manuscritas de Florentino (Flor) Fonseca, un militante libertario que participó en ellos. La historia que va surgiendo de los papeles amarillentos captura a nuestro joven, que pronto viaja a Montevideo para entrevistarse con Luis Alberto (Beto) Gallegos, un viejo anarquista que conoció en el exilio a Avelino González Entrialgo, otro protagonista de la revuelta, y se ofrece a aportar datos sobre él. El interés de lo que va descubriendo y el deseo de profundizar le aconsejan entonces regresar a Asturias para buscar a los testigos que puedan quedar, y escuchar sus relatos.

Esta historia es el prólogo emotivo y sorprendente de Los labios apretados, en el que presenciamos el renacer de la memoria asturiana entre paisajes urbanos de Buenos Aires y Montevideo y mientras suenan melodías porteñas. Después, sumando las voces de testigos y estudiosos, y con abundante material gráfico de la época, se van desgranando los hechos de aquel octubre: el afán de un tiempo en que la clase obrera era consciente de su fuerza, pero asistía atónita al avance del fascismo por toda Europa; la frustración de una república española que defendía a muerte los privilegios de la burguesía; y al fin en Asturias, el milagro de la Alianza Obrera y una sublevación del proletariado unido en la que los revolucionarios consiguieron éxitos sorprendentes y resistieron quince días hasta que, abandonados por todos, se vieron obligados a rendirse.

El documental reconstruye la preparación de la revuelta y su desarrollo, los asaltos a los cuarteles en las cuencas mineras, la batalla por Oviedo y el discurso final de Belarmino Tomás desde el ayuntamiento de Sama, con aquella frase que aún retumba: “Nadie, absolutamente nadie, podrá borrar de la historia lo que significó nuestra insurrección”.  La explicación de la lección de voluntad y coraje que se dio en Asturias tal vez pueda encontrarse en la idiosincrasia del minero de carbón, ese hombre que trabaja enterrado vivo, corteja la muerte más horrenda cada día, y conoce todos los secretos de la dinamita, domadora de rocas y arma formidable. A seres así es muy difícil engañarlos y doblegarlos. En aquella época, la revolución social se presentía con la inminencia que tiene un chaparrón cuando las nubes vuelan ya negras y empiezan a gotear en la cara.

Tras acercarnos a los episodios de lucha, el documental describe la represión subsiguiente, con torturas y encarcelamientos masivos que se prolongaron hasta la amnistía decretada después de la victoria del Frente Popular en febrero de 1936. En otro viaje posterior a Buenos Aires, nuestro protagonista trabaja en los archivos de la Federación Argentina Libertaria, que custodian muchos documentos sobre las luchas sociales en España. Allí lee las crónicas del escritor argentino Roberto Arlt, que describe en 1935 el ambiente opresivo de la Asturias militarizada tras el intento revolucionario, un universo de impotencia y “labios apretados” del que fue testigo.

Los 91 minutos del documental se complementan con otros 45 en los que se presentan testimonios sobre la insurrección de octubre en Asturias, agrupados temáticamente. En ellos sabemos, por ejemplo, de Constantino Gutiérrez Menéndez, que en el gijonés barrio de El Llano hizo frente en solitario a las tropas del tercio recién desembarcadas en el Musel, pagando con su vida, o descubrimos los detalles atroces de las ejecuciones de los treinta y cuatro mártires de Carbayín (Siero), buena muestra de esa ferocidad de la burguesía contra los que amenazan sus privilegios que resulta ser una constante en la historia.

Son muchos los años de trabajo paciente que cristalizan en Los labios apretados: investigación, recopilación de datos y testimonios y, al fin, esfuerzo de síntesis para que todo encuentre su lugar en hora y media de película. El resultado nos conmueve porque describe vívidamente la lucha de unos hombres que en el momento en que el fascismo comenzaba a asolar Europa se atrevieron a plantarle cara. Ellos nos muestran lo que podía haber aportado la unidad de la clase obrera en los conflictos sociales de un siglo de desastres que nos dejó donde estamos. Sergio Montero, director del documental, coordinó con acierto equipos a través de dos continentes, y el trabajo de todos nos ofrece buenos argumentos para que la memoria no muera y alimente la esperanza.