Primera versión en Rebelión el 16 de septiembre de 2021

Ellen Meiksins (1942-2016), descendiente de judíos letones emigrados a Estados Unidos, se especializó en el análisis histórico utilizando la teoría marxista, y fue profesora de Ciencia Política en la Universidad de York (Toronto) durante muchos años. Sus numerosos trabajos, firmados habitualmente como Ellen Meiksins Wood, añadiendo al de su familia el apellido de su primer marido Neal Wood, coautor en ocasiones, están dedicados sobre todo a la evolución política y económica de Europa desde el Medievo hasta la actualidad. Entre ellos destaca El origen del capitalismo. Una mirada de largo plazo, publicado en 1999 y en 2002 en una edición revisada y ampliada. La versión española de Siglo XXI (2021) viene con traducción de Olga Abasolo.

En la introducción de la obra, Meiksins deja clara la tesis que va a defender. El capitalismo, sistema cuyo objetivo básico es la producción y reproducción del capital, es en realidad un recién llegado a la historia, y aunque se ha querido presentarlo como resultado de una evolución natural e inevitable, y encarnación de una tendencia innata o de la “racionalidad económica”, esto dista mucho de ser cierto. Este planteamiento, según ella, no se deriva del análisis de los hechos, sino de una visión muy sesgada de la naturaleza y la conducta humanas.

Un elemento esencial de la forma de vida que nos impone el capitalismo, ignorado incluso en el campo socialista en ocasiones, es la absoluta supeditación a los dictados del mercado, la cual resulta trágica, pues aunque éste se pretende que sea simplemente una “oportunidad”, de comprar y vender, la realidad es que esconde una “coacción”, capaz de convertir todos los aspectos de nuestra vida en mercancías. Las implicaciones de este malentendido se estudiarán en detalle en el libro.

El modelo mercantilista

La primera parte de la obra está dedicada al modelo más extendido sobre el surgimiento del capitalismo, el “modelo mercantil”, y los debates que lo rodean. Según él, este sistema representa la “madurez” de unas prácticas mercantiles antiguas, basadas en la búsqueda de beneficio, que evolucionan en paralelo al desarrollo tecnológico. Para los autores que defienden esto, como Henry Pirenne, el capitalismo aporta un cambio más cuantitativo que cualitativo, y analizar su emergencia consiste más que nada en identificar cómo son removidos progresivamente los obstáculos que la impedían.

Numerosos historiadores expresaron sus discrepancias con esta idea. Es destacable por ejemplo la visión de Immanuel Wallerstein, que pone énfasis en la influencia de la acumulación primaria en el centro del sistema-mundo debido a la expansión colonial. Karl Polanyi, por su parte, remarca la riqueza de relaciones no económicas (familiares, comunales, religiosas o políticas) en las sociedades precapitalistas, con mecanismos importantes de regulación, redistribución y reciprocidad, coexistentes con la búsqueda de beneficios, aunque no discute que el motor de la que denomina “gran transformación” sea la expansión de los mercados y el desarrollo industrial.

En El capital, Marx  defiende que el capitalismo es resultado, no sólo de la acumulación de riqueza, sino también de un cambio en las relaciones de producción, con la imposición de la competitividad y la reinversión del excedente, y la maximización de la productividad y el beneficio. Es por esto que este sistema económico no surge de una evolución inevitable, sino que obedece a unas circunstancias concretas y es por ello posible imaginar su final. Entre los autores que se reclaman marxistas ha habido mucha discusión entre diferentes visiones, sin que consigan liberarse del todo del modelo mercantilista. Destaca, en este sentido, la aportación de Robert Brenner, que tuvo el acierto de percibir la relación entre la irrupción del capitalismo en Inglaterra y las condiciones sociales muy específicas que se daban allí.

El nacimiento del capitalismo agrario

Meiksins trata de construir un relato alternativo sobre el origen del capitalismo, acorde con los hechos históricos, y para ello comienza por desvincular este sistema de procesos que se suelen emparejar con él. Se admite habitualmente, por ejemplo, que la independencia económica de las clases burguesas en las ciudades medievales de Occidente condujo necesariamente al capitalismo, pero esto choca con situaciones similares en otros lugares y épocas en que esta evolución no se produjo. El comercio puede tener un desarrollo notable y puede haber clases dominantes que se apropien del trabajo ajeno, sin que estas relaciones estén mediatizadas por el mercado y podamos hablar de capitalismo. Un repaso a las condiciones en la Florencia de los Medici y la República Holandesa de los siglos XVI y XVII sirve para ilustrar esto.

En el medio agrario se encuentra ya captación de plusvalía en las sociedades precapitalistas, pero sólo existe capitalismo cuando ésta se basa en “la total desposesión de los productores directos, (…) cuya plusvalía del trabajo es apropiada por medios estrictamente ‘económicos’, (…) sin necesidad de prácticas coercitivas directas”. Teniendo esto en cuenta, el capitalismo surgió en el campo, en Inglaterra concretamente, y a partir  del siglo XVI, cuando una institución vieja, como ya era el mercado, adquirió una nueva dimensión al apoderarse de todos los aspectos de la vida humana, convirtiéndose “en el principal determinante y regulador de la reproducción social”. La situación creada se caracteriza por el imperativo de la competitividad, la acumulación y la maximización de beneficios, así como de una constante expansión que no hallamos en otras formas sociales.

La razón del cambio está para Meiksins en la centralización política del estado inglés y el control de la propiedad de la tierra por la aristocracia, que delegaba en arrendadores y arrendatarios. Una extrema competencia entre estos últimos, basada en los imperativos del mercado, dio lugar al enriquecimiento de los más productivos y la ruina de los que lo eran menos, con lo que se llegó a la triada: propietarios, arrendadores capitalistas y asalariados, al tiempo que surgía una masa de desposeídos que sería reclutada para la industria. La comparación con lo que sucede paralelamente en Francia, donde el mercado no impone su poder y la extracción de plusvalía se realiza por medios extraeconómicos, resulta esclarecedora.

El aumento de la productividad agrícola en Inglaterra motivado por estos cambios fue el detonante de una ética que entronizaba el lucro monetario, índice indiscutido del “mejoramiento” del sistema, al tiempo que se denigraba como “irracional” cualquier derecho consuetudinario que se opusiera a la maximización del beneficio. Proliferaron así, más que nunca, los “cercamientos”, para vedar usos comunales de los que muchas personas dependían para vivir, y extender además la ganadería ovina. Fue un momento aquel en que, según Thomas More, “las ovejas devoraron a los hombres”, sin que faltara el respaldo teórico de pensadores como John Locke, que idolatraba en sus textos la productividad sobre cualquier consideración humanista.

La expansión capitalista

Los cambios en el campo abocaron a un modelo mercantil, y posteriormente industrial, radicalmente nuevo en el país, basado en la producción competitiva. El mercado llega a ejercer así su imperio en todo el tejido social, y al extenderse sin fronteras la compulsión de la acumulación, la maximización del beneficio y la mercantilización de la fuerza del trabajo, el sistema se convierte pronto en internacional. Polémicamente, Meiksins defiende que, en su opinión, “probablemente sin el capitalismo inglés no hubiera surgido ningún sistema capitalista.”

De acuerdo con estas ideas, la autora diferencia expansiones precapitalistas, como la del Imperio español, por ejemplo, en la cual la apropiación de riquezas americanas no auspició un desarrollo capitalista, de la del Imperio inglés, en la que la trata y el colonialismo sí que robustecieron la economía, ya capitalista, del país y favorecieron la Revolución industrial. El falaz argumento, de Locke y otros, según el cual el mejoramiento de la producción otorga derechos de propiedad, fue un elemento ideológico clave en la expansión inglesa, al aportar una nueva religión de la productividad por la que los que expropiaban a los pueblos colonizados se consideraban a sí mismos benefactores de la humanidad y contribuyentes al bien global. La praxis imperial descansaba así, no sobre teorías racistas o dogmas religiosos como era costumbre, sino sobre un razonamiento puramente económico: el lucro como motor del progreso.

Se concluye que es la coerción por mecanismos económicos, por medio del mercado, lo que caracteriza el capitalismo. De esta forma, la esfera política, desgajada de la económica por primera vez en la historia, necesita ser controlada por ésta para potenciar la acumulación, con lo que los estados-nación adquieren un rol subordinado a los imperativos del capital. En el actual mundo globalizado, el sometimiento militar y el dominio directo del colonialismo han sido sustituidos por la esclavitud económica a través de las compulsiones de un mercado capitalista manipulado para favorecer a las potencias hegemónicas.

Un capítulo final repasa las ideas de Modernidad e Ilustración, que Meiksins ve como proyectos racionalistas y humanistas de lucha contra privilegios, y poco relacionados con la emergencia del capitalismo en Inglaterra. Por esto, ella cree necesario no culpar a las primeras, como se ha hecho frecuentemente, de los desastres provocados por el segundo. En consecuencia, muchos supuestos de la revuelta postmoderna no le parecen bien fundados.

Pasado que ilumina el futuro

La sumisión global a un mercado que domina todos los aspectos de la vida, absorbe la fuerza de trabajo de los seres humanos y los mata de hambre cuando no son productivos es un desafío terrible para nuestra especie. Ellen Meiksins Wood disecciona en El origen del capitalismo el asunto complejo y debatido del mismísimo nacimiento del engendro monstruoso, y ofrece sobre él una visión revolucionaria, que defiende con contundencia y rigor y consigue que resulte verosímil.

La teoría expuesta ilumina el pasado, pero es remarcable también por la ventaja que otorga a la hora de encarar el futuro. Según la nueva perspectiva, el capitalismo no es ya una forma de producción implícita en la naturaleza humana a la que tal vez deberíamos resignarnos, sino que se describe mejor con el símil de una enfermedad infecciosa, la cual desarrollada en Inglaterra por condiciones específicas allí existentes, se ha propagado por todo el planeta.

El origen del capitalismo nos enseña que luchar contra el imperio del mercado no es violentar nuestra esencia, sino tratar de liberarla de un morbo voraz y potencialmente letal que se ha apoderado de ella.