Primera versión en Rebelión el 26 de junio de 2012

El de “El libro negro” constituyó sin duda uno de los proyectos editoriales más ambiciosos del siglo XX, y por ende de la historia. Se trataba nada menos que de elevar una crónica lo más documentada posible “de los atroces crímenes en masa perpetrados por los fascistas alemanes contra los judíos en los territorios ocupados de la Unión Soviética y los campos de concentración de Polonia durante la guerra (1941-1945)”.  Esto se anuncia en su título, y las limitaciones espaciales, temporales y sobre la identidad de las víctimas ya están aquí reflejadas claramente. Se construyó así un monumento único que acaba de ser publicado por primera vez en castellano en una edición de Galaxia Gutenberg y el Yad Vashem (traducción de Jorge Ferrer).

La idea de emprender la elaboración de “El libro negro” se remonta ya a 1942, cuando distintos personajes de la intelectualidad judía mundial (entre ellos Albert Einstein) acudieron al Comité Judío Antifascista (CJA) con la propuesta de que recopilara materiales sobre las atrocidades de los alemanes y sus aliados contra la población hebrea rusa. El CJA había sido constituido en Rusia ese mismo año para recabar apoyos internacionales a la Unión Soviética en su guerra contra el fascismo. Los trabajos comienzan en seguida y avanzan deprisa bajo la coordinación general del gran escritor ruso (y judío) Iliá Ehrenburg. Sin embargo, el volumen que ha sido producido en 1944 es criticado por el CJA (comisión Bregman) por excesivamente prolijo y aportar “testimonios demasiado minuciosos de la abyecta actividad de los ucranianos, letones y representantes de otras nacionalidades que traicionaron a la patria”. Con ello pensaban que se rebajaba la acusación principal contra los alemanes. Ehrenburg dimite, y en 1945 se constituye un nuevo comité editorial en el que Vasili Grossman es el miembro más destacado. El manuscrito es modificado en el sentido indicado y se incorporan nuevos materiales.

A principios de 1946, el manuscrito está completo y corregido y una nueva versión de “El libro negro” es impresa y enviada a diversos países. El ejemplar que entonces llega a Israel será la base de la edición publicada allí en 1980. Sin embargo, en el verano y otoño de ese mismo año, los trabajos en Rusia quedan paralizados, cuando las altas instancias soviéticas dictaminan que la obra contiene una falsificación de la historia en cuanto oculta los crímenes perpetrados por los nazis contra ciudadanos no judíos. No obstante, una edición va a la imprenta en 1947, aunque el trabajo es después parado.

La historia es ciertamente complicada. Tenemos tres ediciones de un mismo libro, la inicial, producida en el verano de 1945, la de 1946, expurgada, que llegó a Israel, y la rusa de 1947, más expurgada aún y que no vio la luz. La edición rusa de 1993, que es la que se ha vertido al castellano ahora, nos presenta el texto de 1947, que lleva una introducción de Vasili Grossman, y añade los pasajes desaparecidos en esta edición y que se encuentran en las anteriores, señalando los que proceden de una u otra; incorpora además dos prólogos, uno de Irina Ehrenburg y otro de Iliá Altman, y un extenso aparato de notas que actualizan y aclaran los contenidos del texto.

La lectura de este libro es una experiencia dura e imborrable, no apta para almas hipersensibles, una experiencia necesaria, sin embargo, porque somos humanos y es necesario que sepamos lo que el hombre es capaz de hacer. Todos estamos involucrados en aquello. Es necesario saberlo todo, verlo todo para reflexionar. El libro nos pone ante centenares de testimonios escalofriantes sobre las actividades de los alemanes en Ucrania, Bielorusia, Rusia y las repúblicas Bálticas. Ocasionalmente, hay que contar también entre los verdugos a soldados húngaros y rumanos o a una parte de las poblaciones locales. Sin embargo, en otra infinidad de casos vemos como estas poblaciones locales arriesgan y pierden sus vidas para salvar a muchos judíos. Los datos se exponen a lo largo de más de mil doscientas páginas. Asistimos en ellas al exterminio implacable de los judíos de todas estas regiones.

Lo que más sobrecoge es ver como por todas la tierras entre el mar Negro y el Báltico, separados miles de kilómetros, desde Crimea hasta Estonia, se desarrolla sin contratiempos ya desde los meses finales de 1941 un plan de exterminio, perfectamente diseñado y ejecutado. Es un plan que sigue inmediatamente a la ocupación alemana y comienza por la imposición de leyes racistas, extorsiones y un expolio sistemático en el que ropa, cubiertos, muebles y todo tipo de utensilios son robados. Poco después se impone el aislamiento de los judíos en un gueto (porción de la ciudad cercada con alambre de espino) en condiciones en que varias familias han de vivir hacinadas en una pequeña habitación, privadas además de sus medios de subsistencia. El hambre mata en seguida, pero siguen también pogromos sucesivos y un exterminio que se va completando por sectores. Muchas veces mujeres, niños y ancianos son eliminados primero y los hombres son sometidos a trabajo esclavo. Los trabajadores especializados suelen quedar para el final. Es un mismo plan de destrucción el que se despliega fielmente, desde Odessa hasta Riga. Hoy desaparecen los seres humanos de un hospital, mañana los de una universidad. Así progresivamente…

Las escenas de matanzas son dantescas. Los alemanes hacen desnudarse a sus víctimas (aprovecharán su ropa) y las matan a tiros, aunque con los niños no suelen gastar balas. Las víctimas van a parar a una fosa que muchas veces ellos mismos han cavado poco antes. La masificación de la carnicería hace que algunos que han sido sólo heridos vayan a parar a las fosas. Estas gritan y se mueven después durante muchas horas. Algunos logran desenterrarse y salvarse y aportan sus testimonios. Después la técnica avanza y aparecen cámaras de gas móviles. El gran desarrollo son los campos de exterminio que empiezan a funcionar ya en 1942.

Hay variaciones locales, aunque la esencial es sólo que donde hay más población judía las matanzas son todavía más masificadas y espantosas. En Lituania es especialmente impactante la colaboración con los alemanes de lituanos nacionalistas. Este mismo papel lo desempeñan en Letonia los alemanes del Báltico que habían huido de allí en 1940 con la ocupación soviética. La resistencia en los guetos nos muestra las páginas más gloriosas de lucha, con escenarios principales en Vilnius y Minsk. El sueño de los perseguidos en muchos casos es la huida a los bosques donde se organizan los partisanos.

A partir de 1944, con la retirada alemana, el horror se superpone al horror. Se impone eliminar pruebas de las masacres y llegan órdenes de que todos los cadáveres sean desenterrados e incinerados. Entre muchos testimonios destaca el de un ingeniero judío que relata en detalle estas labores tal como se efectuaron en 1944 en Ponary (Lituania): “Cada pirámide se daba por terminada cuando la formaban tres mil quinientos cadáveres. Entonces se procedía a regarla abundantemente con combustible (…) y se hacían estallar dos bombas explosivas debajo de ella. Por regla general, las pirámides ardían durante tres días.” En este caso, los incineradores se las arreglan para cavar un túnel y escapar, aunque sólo unos pocos llegan a los bosques donde luchan los partisanos.

El plan de exterminio se lleva a cabo sin mayores contratiempos, y los testimonios suelen mostrar  como los alemanes y sus aliados se aplicaban a la labor con absoluta dedicación. Es fácil entender que este factor humano fue fundamental para el éxito del genocidio. Es por esto que no puede dejar de sorprendernos cuando leemos que en 1943 en el gueto de Minsk un oficial alemán apellidado Schultz subió a treinta y siete judíos a un camión, los proveyó de armas y un transmisor de radio, y escapó con ellos para unirse a un destacamento guerrillero. Es un caso único que es preciso resaltar como gloriosa excepción en medio de una máquina perfectamente engrasada. Para completar los escenarios del horror, el libro presenta después capítulos sobre diversos campos de exterminio (Ponary, Treblinka y Auschwitz entre otros) y una crónica del levantamiento del gueto de Varsovia.

Este es el impresionante documento que ahora podemos leer en castellano: una colección de testimonios que muchas veces son piezas literarias de una tensión y belleza terribles, muchas decenas de relatos de víctimas que muestran en carne viva algunas de las infinitas tragedias individuales que arrastró el genocidio nazi, y un monumento también a la memoria de millones de inocentes anónimos masacrados al que debemos dar la bienvenida.

Para terminar es necesario sólo señalar algo que no pueden dejar de preocuparnos y que se plantea cuando este holocausto pasa a convertirse, en virtud de los bastardos intereses imperiales que se despliegan en el mundo actual, en el único y verdadero “Holocausto” de la historia (así con mayúsculas), un acontecimiento que convenientemente expurgado de sus víctimas incómodas, como gitanos (medio millón de ellos exterminados) o comunistas, podrá servir como patente de corso para cualquier acción infame que los judíos sionistas decidan emprender desde el estado racista de Israel. Hay que decir en este sentido que la lectura del heroico levantamiento del gueto de Varsovia nos trae sin cesar a la mente imágenes de otro gueto, el de Gaza, donde los descendientes de las víctimas de antaño toman en nuestros días el papel de verdugos y asesinan así miserablemente otra vez a los inocentes judíos europeos.