Primera versión en Agitadoras.com (febrero de 2011)

La inmensidad del cosmos y su desproporción con la dimensión humana son algo evidente, tanto en lo espacial como en lo temporal. Los números que manejan los astrónomos tienen muchas cifras y resulta apabullante la existencia de ese objeto físico que nos desborda en todos los sentidos, aunque increíblemente formemos parte de él. Negar la “realidad” de ese marco puede disfrazarse de cautela epistemológica, pero no deja de ser siempre un entretenimiento vacuo de filosofía de salón y un ejercicio de irresponsable soberbia. Si repasamos su trayectoria, vemos que la tradición budista es pródiga en planteamientos que pueden calificarse como idealistas o nihilistas, aunque otros fenomenistas o realistas tampoco son ajenos a ella. En este artículo, alejándome de estas cuestiones voy a concentrarme en lo que es más esencial en esta doctrina, que es su psicología radical y revolucionaria. Trataré de defender que ésta tiene hoy día plena vigencia y aporta elementos valiosos cuando nos planteamos la transformación necesaria de la sociedad.

El hombre es un componente mínimo de las galaxias, y lo más razonable es tratar de entender éstas y sus juegos sin considerar  que el hombre es un elemento necesario de ellos. El problema es que es sólo el pensamiento lo que puede dar sentido al mundo. Despojado de su parte consciente, el universo es un mecanismo que fácilmente se convierte en una visión pavorosa. Ese desdoblamiento entre la conciencia que tiende a aparecérsenos como algo específicamente nuestro (de algunos seres vivos) y un ciego marco físico es un dualismo atroz que nos obliga a vivir a orillas del abismo. Trataré de esbozar aquí también algo de lo que la psicología budista puede aportar para armonizar este problema.

¿Cuál es la perspectiva del budismo? El budismo nos propone una visión de la conciencia humana que renuncia ockhamianamente a cualquier concepto de alma y opta por entender esta conciencia como un conjunto de agregados o skandhas. Consecuencia  de este ascetismo epistemológico es la dilución del yo (vacua ilusión) (1) y la percepción del instante como unidad básica en que se encarna la actividad mental. Un enfoque así nos pone ante un concepto nuevo de nuestra propia identidad (2). Una “consciencia sin yo”, puede resultar desconcertante y paradójica, pero es perfectamente posible. Las funciones mentales siguen actuando, pero el individuo aprende a cuestionar la referencia “fija” que acude a gobernarlas. No hay un “yo” que piensa, sino que pensamientos sin dueño se reflejan en un espejo vacío. De esta forma, una observación minuciosa y que tiende a ser desapasionada de la naturaleza y todo lo que nos rodea se convierte en un elemento fundamental de la experiencia, y los fantasmas de la mente que acuden a sus rituales son contemplados y diseccionados sin pasión. Al mismo tiempo, se toma conciencia de la respiración como eje que gobierna los ritmos de la vida.

La nueva identidad que la “experiencia budista” nos revela resulta esclarecedora porque pone de manifiesto la maraña de mentiras que llevamos con nosotros y con las que nos identificamos. El ser desnudo que se descubre encara el mundo con una perspectiva nueva, e inevitablemente la alienación y la falsedad que lo impregnan todo en esta sociedad son desenmascarados y contemplados en su espantosa realidad. Con estas premisas, tiende a producirse una transformación en las relaciones con nuestros semejantes, en la que el otro pasa a ser percibido con unas coordenadas de fraterna identidad. De esta forma, su sufrimiento se convierte en algo insoportable, que conduce a la acción. Esto puede ser el budismo de acuerdo con los análisis y experiencias fundamentales en que se basa.

No podemos dejar de reconocer, sin embargo, que aportaciones tan brillantes y originales, que supusieron un revulsivo para la evolución del pensamiento a escala mundial, han degenerado con el tiempo. Hoy día, un penoso irracionalismo que incluye hasta procesos de culto a la personalidad es común en el paisaje budista. Sólo hay que ver cómo a nivel mediático la representación del budismo recae en estos momentos en un personaje tan discutible como el Dalai lama, siempre dispuesto a colaborar con los mayores criminales del planeta. Afortunadamente, no deja de haber en otros lugares islas de reflexión y conocimiento fieles al pensamiento original.

Hay que pensar, por otra parte, que la experiencia de la solidaridad y la felicidad en la felicidad del otro que nos propone el budismo está presente en todas las tradiciones culturales, y es sin duda lo mejor de todas ellas. Si llamo aquí la atención sobre la perspectiva budista es solamente porque me parece la más diáfana con su rigurosa sencillez. Es también a mi juicio la que más brillantemente explora los fundamentos psicológicos que son la base de todo el asunto. Es decir, no es solamente que predique el amor o la solidaridad, sino que nos pone con extremo rigor ante una imagen de nosotros mismos de la que coherentemente debe derivarse el planteamiento de las relaciones humanas en unos términos nuevos. Se basarían éstos en premisas de igualdad, libertad y solidaridad entre todos los seres (3).

Resumiendo podríamos decir que el budismo aporta una explicación de nuestra actividad consciente en términos de procesos psíquicos elementales que tienen dimensión universal. La asunción de esta perspectiva nos lleva a una solidaridad (“compasión” en la terminología clásica del budismo) con todos los seres vivos, indisolublemente hermanados, y aporta una visión nueva e integral del mundo,  experiencia con ribetes místicos que supera el desgarramiento esencial del punto de vista habitual entre nosotros (yo frente al cosmos). Una leyenda dice que en cierta ocasión le preguntaron a Buda: “¿Qué debe hacer una gota de agua para permanecer? Su respuesta fue tajante: “Diluirse en el océano”. En el budismo, esta experiencia liberadora (extinción del yo o nirvana) es el objetivo último del hombre y da lugar a la representación iconográfica fundamental, la sonrisa del Buddha.

Aterrizando

El siglo XX nos ha traído a un callejón con mala salida. Después de eso es muy difícil pensar que el hombre sea capaz de liberarse, de superar la alienación, de disfrutar su vida en paz, de compartir pacíficamente el planeta. Tras el fracaso de los intentos de transformación, reformistas o revolucionarios, que entonces se produjeron, y que es muy general aunque haya espacios de resistencia a los que hay que aferrarse, parecemos abocados  a que guerra, explotación, miseria y mentiras sean nuestro pan cotidiano. El hombre fracasa y fracasa en sus esfuerzos para cambiar el mundo. Eso dice la terca realidad. Y es entonces cuando resulta obligatorio plantearse si, paralelamente a todo lo demás que es necesario hacer, no sería también importante tratar de cambiar al hombre en la medida de lo posible.

Conclusión

La perspectiva del budismo es la de un ascetismo racional y moral que hace insoportable la situación actual del mundo, porque nos hace sentir con claridad la hermandad de todos los seres. Este planteamiento revolucionario es resultado de una revisión radical de las bases de la conciencia humana, con un método que es profundamente coherente y no deja de tener tampoco una base empírica, de experimentación con el propio pensamiento en la meditación budista. De todo ello surge percibir el sufrimiento como realidad esencial del mundo (primera noble verdad del dharma), lo que lleva  a una necesidad de luchar contra las mentiras y alienaciones que lo alimentan en todos los ámbitos. Resulta inevitable que la injusticia desvelada nos empuje a la acción. Estamos ante un análisis riguroso de la mente donde el yo se eclipsa y comprendemos que no hay en verdad virtud mayor que la humildad ni dicha más grande que la que el otro nos regala con la suya.

 

(1) En Occidente esta teoría ha sido también propuesta por algunos filósofos ilustres, entre los que el primero, si no me equivoco, fue David Hume.

(2) Hay que decir además que esta perspectiva, de gran rigor filosófico, es compatible con la física más moderna. Ya el planteamiento de “procesos elementales de conciencia” tiene un regusto cuántico, pero la cosa va mucho más allá, puesto que físicos teóricos como Roger Penrose trabajan en una explicación de la conciencia en términos cuánticos. La identidad de nuestra experiencia consciente con procesos ligados a las leyes más oscuras y fundamentales de la materia aporta sin duda una perspectiva nueva sobre la dinámica de todo el cosmos.

(3) Podría pensarse que este objetivo no queda lejos del lema “liberté, egalité et fraternité”, planteado en un momento histórico bien diferente, pero como corolario también de una visión emancipadora. Y es cierto que no sería difícil captar paralelismos históricos entre la rebelión del Buda histórico contra el sistema de castas del hinduismo y los ideales de la Revolución Francesa en su enfrentamiento con el Antiguo Régimen.