Primera versión en Rebelión el 30 de noviembre de 2016

El alemán Norman Ohler, periodista y autor de obras de ficción, se estrena en el género historiográfico con este libro, publicado en 2015 (versión española en Crítica, 2016, trad. de Héctor Piquer Minguijón), que explora la influencia de diferentes tipos de drogas en el régimen nazi y sus campañas militares, un aspecto escasamente investigado. Su riguroso trabajo pone de manifiesto que tanto en la sociedad alemana como en sus ejércitos, el uso de estimulantes químicos tuvo un carácter generalizado, y que el propio Adolf Hitler fue un politoxicómano en la última etapa de su vida. El consumo de sustancias estupefacientes por los nazis, sin llegar a ser un agente monocausal, se perfila sin duda como un elemento importante que ayuda a explicar lo ocurrido en aquellos años.

Prolegómenos

Ohler nos introduce en la inveterada tradición alemana de producción y distribución de drogas, con hitos tan decisivos como el aislamiento de la morfina, principal alcaloide del opio, por Sertürner en 1805, o la síntesis de la diacetilmorfina (heroína) por la Bayer en 1897. Hacia 1926, el país encabezaba a nivel mundial la elaboración y comercialización de opiáceos y cocaína, al tiempo que los “paraísos artificiales” eran materia esencial de la República de Weimar (un ejemplo: al parecer el 40 % de los médicos berlineses eran por entonces morfinómanos). Los nazis desplegaron una amplia retórica contra las drogas, pero predicando la necesidad de un éxtasis social que de alguna forma suplantaba sus efectos. Tras el acceso al poder en 1933, fueron estrictamente prohibidas y los adictos condenados a las más duras penas.

Eran estos los años en los que el doctor Theodor Morell, recién ingresado en el partido para evitar suspicacias sobre su tez oscura, se forraba con su consulta de la Ku’damm berlinesa, tratando las enfermedades más o menos imaginarias de ricos y famosos con inyecciones de vitaminas. Cuando en la primavera de 1936 tuvo la oportunidad de curar de unas purgaciones a Heinrich Hoffmann, fotógrafo y amigo de Hitler, no tardó mucho en acceder al círculo más íntimo de este y, tras lograr aliviar sus trastornos digestivos con un novedoso tratamiento bacteriano, convertirse en su médico personal. Las recompensas no se hicieron esperar: una mansión en la isla de Schwanenwerder, que había sido de un banquero judío y acabaría en manos de Axel C. Springer, el editor, y una cátedra en 1938. En los años de guerra, Morell se hizo de oro aprovechando sus relaciones para fabricar a gran escala y comercializar preparados vitamínicos y hormonales.

A pesar de la prohibición que afectaba a opiáceos y cocaína, la poderosa industria química alemana continuaba su investigación en busca de estimulantes artificiales y así en octubre de 1937, los laboratorios Temmler, ubicados muy cerca de Berlín, patentan la primera metilanfetamina alemana con el nombre de Pervitin. Se trataba de un nuevo derivado de un producto natural, la efedrina, del que ya se habían comercializado otros menos potentes en Estados Unidos (bencedrina) y Japón (Philopon). Esta droga, de una estructura muy similar a la de la adrenalina, provocaba un aumento de la autoestima, energía desbordante y un torrente de ideas. No obstante, la actividad cerebral era tan frenética y prolongada que podía dañar a las neuronas, aunque de momento nadie pareció interesado en investigar esto.

Una agresiva campaña publicitaria en los primeros meses de 1938 presentaba el Pervitin como el mágico alivio de todos los trastornos de la mente. De la frigidez femenina a la adicción a las drogas todo se remediaba con él, y se llegó a sugerir que su consumo fuera obligatorio para recuperar socialmente a vagos y derrotistas. Su uso se generalizó en poco tiempo y a comienzos de 1939 una gran parte de la población alemana nadaba en la euforia. Para Ohler, no cabe desdeñar el papel de la metilanfetamina en el éxtasis de autoestima que muy poco después iba a llevar al país a la guerra.

Guerra relámpago con apoyo químico

La segunda parte del libro se consagra al papel que pudo desempeñar la pervitina en las campañas relámpago de 1939 a 1941. Los archivos consultados indican a Ohler que durante la invasión de Polonia su uso fue muy frecuente, aunque estuvo al arbitrio de cada comandante de unidad. A finales de 1939 algunas autoridades sanitarias advierten sobre los peligros del colapso físico y psíquico que sigue al abuso de la droga, pero, aunque se comienza a exigir receta médica para dispensarla, lo cierto es que el consumo aumenta. Cuando en febrero de 1940, Hitler es seducido por el ambicioso plan de Von Manstein para un ataque relámpago en las Ardenas, la pervitina se adopta como un ingrediente esencial para eliminar el cansancio de las tropas en lo que constituye el primer caso registrado de uso militar general y oficializado de una droga química.

En unos pocos días de mayo de 1940, el ejército alemán pulveriza todo lo que se le pone por delante, llega a las puertas de París y cerca a los aliados en Dunkerque, aunque aquí Hitler, influido por Göring, ordenara detener el avance, y una gran parte de las tropas embolsadas pudieran ser evacuadas. Para Ohler, una de las causas de esta campaña inexplicable está en la droga que permitió a los alemanes trabajar a pleno rendimiento varios días sin dormir. Los efectos secundarios incluyeron adicción y problemas cardiacos, pero no se les dio importancia.

La batalla de Inglaterra fue una nueva demostración de la eficacia de la pervitina para combatir la fatiga y el sueño. El 1 de junio de 1941 los críticos que denunciaban sus secuelas lograron que fuera declarado como narcótico, pero fue una victoria pírrica pues el uso de la droga continuó, por ejemplo en la operación Barbarroja, que comenzó unos días después.

Hitler, el yonqui

Antes de tratar sobre la evolución de la salud de Hitler durante la guerra, Ohler nos presenta sus fuentes documentales, entre las que descuellan las numerosas y confusas anotaciones de Theodor Morell, su médico personal. Desde que comienza la operación Barbarroja en junio de 1941, el Führer habita en la Guarida del Lobo, en el este de Polonia (por entonces, Prusia Oriental), un complejo de búnkeres en una zona pantanosa e insalubre. Justo cuando cede la acometida inicial de los alemanes y sus aliados, en cuya contundencia la pervitina jugó su papel, Hitler decae; padece disentería y agotamiento, y Morell le suministra altas dosis de vitaminas, esteroides y hormonas. En estos momentos, contra la opinión de sus generales, se empecina en mantener las posiciones alcanzadas, lo que supuso el comienzo del fin. En el frente, la pervitina ayudaba por entonces a soportar las duras condiciones del invierno anticipado.

En julio de 1942, el cuartel general se traslada al oeste de Ucrania, desde donde el Führer continúa perpetrando sus pifias estratégicas. Ya no prodiga las apariciones públicas de antes de la guerra, que electrizaban a las masas, y se enzarza en largas conversaciones con Albert Speer sobre quiméricos proyectos arquitectónicos. Su salud empeora en el invierno, mientras todo se decide en Stalingrado, y durante 1943 se refugia en la Guarida del Lobo, sin visitar apenas el cuartel general. Es en julio, tras la batalla de Kursk y con los aliados ya en Sicilia, cuando antes de una importante cita con Mussolini y con su paciente recién salido de una crisis, Morell recurre al Eukodal (oxicodona), un opioide con un elevado poder euforizante. El comportamiento de Hitler en la citada entrevista era un enigma hasta el descifrado por Ohler de las anotaciones de Morell.

El consumo de Eukodal por Hitler en los meses siguientes está documentado en los apuntes de Morell, aunque seguramente fue mucho mayor que las 24 administraciones consignadas hasta finales de 1944, según los indicios que Ohler aporta. El médico era además en esta época el suministrador de estimulantes para todos los que acudían acongojados a la Guarida del Lobo en aquellas horas de derrotas y desánimo. Tras el atentado de julio de 1944, por recomendación de Giesing, el otorrino que lo trataba de unas perforaciones en los tímpanos, el Führer comenzó a recibir, aparte del Eukodal que tomaba habitualmente, dosis de cocaína por vía nasal que mejoraron extraordinariamente su estado de ánimo. Puede hablarse en estos meses de un yonqui enloquecido que regía a sus contristados generales desde su éxtasis químico. Algunos en su entorno percibieron este desquiciamiento y maniobraron contra Morell, pero con escaso éxito.

El 8 de noviembre de 1944, Hitler se traslada a un superbúnker reforzado construido para él en la Guarida del Lobo, un cubo sin ventanas ni ventilación directa que recordaba a una antigua tumba egipcia. Allí pasa las horas, pálido y tembloroso, echado en una cama de campaña, hasta que en trece días, la proximidad del Ejército Rojo obliga a la evacuación a Berlín. En 1945 Hitler deja de consumir Eukodal, sin que las razones de ello estén claras. En cualquier caso, el resultado fue un síndrome de abstinencia que deterioró aún más su salud hasta su suicidio el 30 de abril. Morell, camello sin mercancía, despedido unos días antes, cayó prisionero de los norteamericanos y murió en mayo de 1948 poco después de recuperar la libertad.

Para Ohler, el Eukodal sirvió a Hitler durante 1943 y 1944 para afianzarse en sus delirios y bloquear cualquier empatía con la destrucción sembrada alrededor. Con su ayuda pudo intentar llevar hasta sus últimas consecuencias el programa que había pergeñado en Mi lucha sin que la realidad fuera nunca un impedimento.

Drogas y crimen en grandes dosis

La última parte del libro explora aspectos como el consumo de pervitina en la fase final de la guerra o los esfuerzos de la Kriegsmarine en ese momento para crear navíos de combate monoplaza, acompañados de ensayos con reclusos de campos de concentración para elegir la droga que pudiera hacerlos operables. Los intentos realizados con estas armas resultaron catastróficos para los que las manejaban, pero estremece sobre todo conocer que algunos de los máximos responsables de estos hechos fueron reciclados en altos cargos de la RFA o que los experimentos de control mental de los nazis sirvieron de base a los posteriores de los norteamericanos (proyecto MK Ultra).

No es nada fácil a estas alturas realizar una aportación novedosa a la historiografía del III Reich, pero hay que decir que Norman Ohler lo consigue. La lectura de El gran delirio, riguroso y espléndidamente editado, enriquecido con numerosas fotografías y documentos de la época, nos ilustra sobre el papel esencial que desempeñaron las drogas en la planificación y ejecución de los crímenes nazis. La imagen que emerge es la de un baile de locos en el que militares y dirigentes nadaban en un éxtasis químico que explica la contundencia de algunas ofensivas, pero también los despropósitos tácticos y el fracaso final. El viaje que Ohler nos ofrece a través de los insomnios y delirios de los jerarcas nazis no ha de dejar a nadie indiferente, porque como señala el historiador Hans Mommsen en su epílogo, resulta inquietante comprobar cómo trivialidades médicas pueden desencadenar sucesos de alcance mundial.