Primera versión en Rebelión el 13 de diciembre de 2016

El historiador alemán Wolfram Wette trabajó entre los años 1971 y 1995 en la oficina de investigaciones históricas del ejército alemán en Friburgo, donde tuvo acceso a una gran cantidad de información que cuestionaba el papel clásicamente atribuido al ejército alemán en la perpetración de los asesinatos sistemáticos del régimen nazi. Las investigaciones sobre este tema fueron recopiladas por él en 2002 en este libro (versión española de Crítica, 2007, trad. de Francesc Fernández), que destaca también por su análisis del sustrato ideológico, muy anterior al nazismo, sobre el que este pudo desarrollarse.

El primer asunto abordado son las causas que permitieron que la guerra contra la Unión Soviética se planteara, desde su comienzo y sin mayores conflictos dentro de la propia Wehrmacht, como una guerra de exterminio. En este sentido, debe señalarse que los nazis no hicieron más que seguir, radicalizándolo, el ideario, socialmente bien arraigado, del nacionalismo alemán, que predicaba la superioridad de los arios sobre unas razas eslavas incapaces de regirse a sí mismas y dominadas, tras la revolución rusa, por una camarilla judeo-bolchevique. Un elemento esencial que se utilizó fue el inveterado antisemitismo de una buena parte de la sociedad alemana, el cual se hallaba organizado y se había dotado ya de una retórica seudocientífica a finales del siglo XIX, y no hizo más que progresar hasta el acceso al poder de los nazis en 1933. En ese momento, el ejército (Reichswehr) asumió unas orientaciones racistas que ya estaban en vigor tácitamente en él, de forma que la Ley Militar de 1935, que creó la Wehrmacht y movilizó a 18 millones de hombres en los diez años siguientes, no hizo más que continuar una trayectoria bien marcada.

El tema central del libro, que se trata después, es el papel desempeñado por la Wehrmacht en los asesinatos de judíos. Un dato importante en este sentido es que el 30 de marzo de 1941, dos meses y medio antes de la invasión de la URSS, Hitler pronunció un discurso ante los 250 generales destinados a comandar la operación en el que aludió de forma explícita a una guerra de exterminio absolutamente diferente a la que se había realizado hasta entonces en el frente occidental. La investigación desarrollada muestra que el descontento por parte de algunos generales ante estas órdenes, que violaban todas las normas internacionales sobre la guerra y todos los códigos de honor militar, se manifestó sólo en conversaciones privadas y no tuvo en cualquier caso consecuencias.

Las alocuciones y consignas de los mandos durante la ofensiva indican abiertamente su carácter aniquilador, justificado en la defensa de la civilización aria contra el judeo-bolchevismo. De todas formas, se dan diferencias regionales que se estudian en detalle. En el caso de Polonia, entre 1939 y 1941 el exterminio de judíos e intelectuales lo realizaron unidades de las SS ante los ojos de una Wehrmacht que sólo expresó protestas aisladas. En Serbia sin embargo, fue la propia Wehrmacht la que estuvo a cargo del genocidio, y en la correspondencia de los militares se encuentran noticias y fotografías de las masacres. En Lituania en junio de 1941 las tropas de ocupación fueron espectadoras impasibles de las matanzas perpetradas ante sus ojos por las SS, mientras en Ucrania, los ejemplos que se describen, como el asesinato de más de 30000 judíos en Babi Yar en setiembre de 1941 o el de 90 niños en agosto en Belaya Zerkov, ponen de manifiesto una estrecha colaboración en estos crímenes entre la Wehrmacht y las SS que al final “apretaban el gatillo”. En Bielorrusia los casos que se reseñan evidencian también la cooperación entre ambas fuerzas de ocupación. Hay que señalar que estas acciones eran ampliamente conocidas en Alemania a través de las noticias que llegaban del frente.

El libro aborda después un estudio del arraigado belicismo de la elite militar alemana, documentable desde la fundación del imperio en 1871 y que se puede resumir en la idea de que la guerra es el principio esencial de la historia, además de una necesidad moral que evita el afeminamiento de los pueblos. Esto permite entender por qué muchos generales vieron con simpatía el acceso de los nazis al poder y el programa que comenzaron a desarrollar, aunque fue sólo el éxito de la campaña de Francia lo que consiguió enmudecer las voces críticas y crear un amplio consenso de apoyo al Führer. Por lo que respecta a las clases de tropa, los reclutamientos sucesivos se encontraron con alguna resistencia, si bien exigua, entre la que cabe destacar la de los testigos de Jehová, dispuestos a morir antes de empuñar las armas para el que denominaban “Reino de Satanás”. Es importante señalar que, a diferencia de los escasos objetores católicos y evangélicos, estos contaron con el respaldo de sus autoridades eclesiásticas. Los estudios sobre la mentalidad del “soldado raso” durante la guerra muestran que la camaradería fue el principal asidero de unos hombres atrapados en una espiral destructiva que incluía la perpetración de los crímenes más brutales. Estos quedaban justificados en muchos casos por los objetivos asumidos de la guerra racial.

La última parte del libro se dedica a estudiar la conocida como “leyenda de la Wehrmacht limpia”, que dominó la historiografía oficial durante medio siglo. Esta nace en la fase final de la guerra y la inmediata postguerra, cuando un gran número de generales de la Wehrmacht se movilizan, con el apoyo de sectores de los aliados, para transmitir en partes, declaraciones y memorandos la imagen de unas fuerzas armadas que se había batido con honor y de ninguna forma habían participado en los crímenes nazis. Es esta la misma tónica de los procesos que siguieron, en los que se evita una condena global de la Wehrmacht como institución, así como cualquier alusión a su relación con el holocausto. Se imponía por entonces el espíritu de la Guerra Fría y se trataba de ganar para el bando aliado a la cúpula del ejército alemán, dándose en este caso la anomalía de que es a los vencidos a los que los vencedores encargan la tarea de escribir la historia. Así es como el antiguo jefe del estado mayor del ejército, Franz Halder, queda a cargo del proyecto encomendado a la Historical Division de redactar la historia militar de la II Guerra Mundial, trabajo que hasta marzo de 1948 había dado lugar a 40000 páginas, y en el que es posible detectar todo tipo de tergiversaciones y omisiones.

Los años 50 son tiempo de best sellers de memorias de generales (Halder, Dönitz, Guderian, Kesselring, Rommel y otros), autopresentados en ellas como talentosos y honrados militares. Estos libros logran ganarse a la opinión pública, sensible también a las declaraciones de Eisenhower y Adenauer en 1951 sobre la necesaria distinción entre la honorable Wehrmacht y la banda criminal de Hitler. Así, no es de extrañar que cuando se funda la Bundeswehr (fuerzas armadas de la RFA) en 1955, sus integrantes procedan en parte de aquella y en ella busquen su referencia, dando por ejemplo a algunos cuarteles el nombre de generales de Hitler. Sólo el progreso de la investigación histórica pudo lograr que la realidad fuera recuperada, aunque debe reconocerse que el acceso a esta información se produjo sólo muy lentamente, a través del trabajo de televisión, semanarios y algunas editoriales. Un hito importante en este sentido fue la exposición itinerante sobre la historia de la Wehrmacht organizada por el Instituto para la Investigación Social de Hamburgo entre 1995 y 1999. Gracias a ella, y a los acalorados debates y a las publicaciones a que dio lugar, puede considerarse que la leyenda llegó a su fin, aunque aún haya muchos dispuestos a creerla.

A pesar del monumental trabajo de estudiosos de distintos países sobre los asuntos tratados en el libro, aún quedan por resolver aspectos esenciales en algunos campos, como la implicación de unidades de la Wehrmacht en el exterminio de judíos en determinadas regiones o la resistencia que se produjo en ocasiones a cumplir las órdenes criminales recibidas. No obstante, por lo que respecta a la orientación general de la investigación, debe reconocerse que tras el aldabonazo que supuso la exposición realizada en los años 90, la publicación de La Wehrmacht. Los crímenes del ejército alemán de Wolfram Wette marcó en la historiografía sobre el régimen nazi un punto de inflexión hacia un nuevo paradigma en el que la responsabilidad de diversos sectores de la sociedad alemana, y especialmente la Wehrmacht, en los crímenes de aquellos años es aceptada ampliamente.