Primera versión en Rebelión el 12 de noviembre de 2014

Emma Goldman, nacida en Lituania, llega con dieciséis años a los Estados Unidos y en poco tiempo se convierte en uno de los miembros más dinámicos del movimiento anarquista norteamericano, con una importante actividad de propaganda y apoyo a las luchas sindicales. Mother Earth, la revista fundada por ella, que apareció entre 1906 y 1917, fue en un bastión del pensamiento disidente en los Estados Unidos. Expulsada a Rusia en 1920, Emma Goldman pasa a ser un testigo incómodo de la declinante revolución hasta la tragedia de Kronstadt. Nuevamente expulsada, reside en Europa, escribe la historia de su vida y asiste después conmovida al espanto y esperanza de la guerra española. La publicación en castellano del primer tomo de su autobiografía (Capitán Swing y Fundación Anselmo Lorenzo, 2014, trad. de Ana Useros), donde nos presenta su vida hasta 1912, es una gran noticia que nos permite conocer de cerca una leyenda del activismo.

Unos agradecimientos fechados en Saint-Tropez en enero de 1931 sirven a Emma Goldman para confesarnos cómo nace en ella la decisión de escribir el libro, en los ocios de su exilio europeo y ante el temor de que el tiempo acabara agriando su carácter y promoviendo una visión de todo más “rencorosa y estrecha de miras”. Vino después la laboriosa recopilación de información, pidiendo a cada uno de sus amigos que le devolvieran la copiosa producción epistolar de que era autora, y la amabilidad de todos, con el apoyo insustituible de los más íntimos, como Alexander Berkman, que propuso un hermoso título: Viviendo mi vida.

Emma Goldman nace en 1869 en una familia judía de Kaunas, ciudad lituana en la confluencia del Niemen y el Neris, denominada entonces Kovno y perteneciente al imperio ruso. Vive luego en Popelan, donde sus padres regentaban una posada, y ya adolescente, cuando el negocio familiar fracasa, viaja con los suyos a Königsberg, capital de Prusia oriental, donde estudia el bachillerato. Los métodos de la mayoría de los profesores eran brutales, pero también había algún espíritu noble. En el invierno de 1881-1882 parte para San Petersburgo y durante el trayecto casi se congela cruzando el río que separaba Alemania de Rusia. En la capital empieza a trabajar para ayudar a la economía familiar; teje chales en casa y pasa después a una fábrica de guantes. Emma nos cuenta cómo en su juventud le tocó soportar las terribles palizas que le daba su padre. Nos habla también de su sexualidad, de la fascinación que le producían algunos hombres y de la frustración de una primera experiencia demasiado violenta. Después sabrá que tras el episodio del río su útero quedó enfermo. Sus relaciones sexuales serán dolorosas mucho tiempo, y no podrá tener hijos sin una operación a la que nunca se sometió.

Tras unos años en San Petersburgo, Emma decide emigrar a EEUU y reunirse allí con su hermana mayor, Lena. Viaja con otra hermana, Helena, su gran amiga y confidente, y llegan en enero de 1886. Ambas, nombradas siempre por ella como hermanas, eran en realidad hermanastras, fruto de un matrimonio anterior de su madre. Reside en Rochester con su familia, trabaja cosiendo abrigos y en febrero de 1887 se casa con Jacob Kershner, un joven judío. Ese año sigue desolada las noticias sobre los anarquistas de Chicago, que serán asesinados, tras una farsa de juicio, el 11 de noviembre. La impresión es tan intensa que promete dedicar su vida a la misma lucha por la que habían dado la suya aquellos hombres. Es una pasión que la libera del fracaso de su matrimonio. Consigue el divorcio y se traslada a New Haven, donde trabaja en una fábrica de corsés, y aunque regresa y se reconcilia con Jacob, acaba rompiendo definitivamente con él al poco tiempo.

Cuando sus relaciones familiares se resienten de su carácter independiente, Emma decide viajar a Nueva York. Llega allí el 15 de agosto de 1889 con cinco dólares en la cartera y una pequeña maleta, y esa misma noche conoce a Alexander Berkman, judío como ella, joven robusto y enérgico, y escucha un mitin de Johann Most, editor de Die Freiheit, el periódico anarquista que ella leía ávidamente en Rochester. Pronto congenia con Sasha Berkman; los dos proceden de Kaunas, en Lituania, los dos han tenido parientes nihilistas que sufrieron persecución; también les unen las lecturas: Turguénev, Chernyshevski … Most es amable con ella; le ofrece libros para leer y la lleva a cenar; en seguida se da cuenta de su talento y se propone educarla para hacer de ella una oradora y activista. Mientras tanto, ella trabaja cosiendo corpiños de seda en casa. Sus ojos azules están provocando estragos, porque en breve tanto Johann, como Sasha y Fedya, un joven artista que vive con ellos, acaban confesándole su amor. Ella se hace amante de Sasha, pero siente que los ama a todos, a cada uno de distinta manera.

En la preparación del tercer aniversario del 11 de noviembre (1890), comienza a actuar como oradora y pronto parte para dar mítines en Rochester, Buffalo y Cleveland. Su misión es defender las opiniones de Most: hablar contra la lucha por la “futilidad” de las ocho horas y llamar a la insurrección. Sin embargo, rápidamente ve que no está de acuerdo con estas ideas; un anciano obrero que le replica tras su discurso en Cleveland le deja claro el sentido de una estrategia sindical centrada en objetivos concretos y realistas. Al regreso se distancia de Most. Después trabaja en la organización de una huelga y se hace amante de Fedya, con la comprensión de Sasha, que sigue siendo amigo de los dos. Durante un tiempo, el trío sobrevive con una heladería que abren en Worcester (Massachusetts). Les va bien el negocio, pero cuando en mayo de 1892 se produce en Homestead, cerca de Pittsburgh, el cierre patronal de la siderúrgica Carnegie Company, presidida por Henry Clay Frick, que arrastra a los trabajadores a la miseria, no dudan en dejarlo todo y acudir allí.

Mientras nuestros revolucionarios elaboran un manifiesto en Nueva York, tiene lugar una masacre de obreros en Homestead, y Sasha decide que es el momento de un atentado individual contra Frick. Emma está de acuerdo, pero discrepan en que ella quiere participar y él le pide que no intervenga y se reserve para la lucha que vendrá después. Por fin, el criterio de él se impone y parte para Pittsburgh, aunque sin ningún arma para la acción. Ella queda en Nueva York y busca dinero para comprar una, incluso, como recurso extremo, tratando de hacer la calle. Al fin consigue prestados veinte dólares que envía a Sasha. El 23 de julio, este dispara a Frick, pero no lo mata. La prensa anarquista y socialista justifica y ensalza su gesto, excepto Die Freiheit, el periódico de Most, que lo desacredita. Los medios biempensantes claman y piden venganza. Los ataques más furibundos son contra esa tal Emma Goldman, la instigadora. Pronto llega una carta de Sasha; está animado y dispuesto a defenderse a sí mismo en el juicio.

Aunque Frick consigue recuperarse de sus heridas, Berkman es condenado en septiembre a veintidós años de cárcel. La campaña pidiendo la conmutación de su pena logró aglutinar a los mejores elementos de la izquierda radical norteamericana. A finales de noviembre de 1892, Emma lo visita en la penitenciaría de Pittsburgh. Después, en Nueva York gana su sustento con la máquina de coser y participa en reuniones y mítines. Pronto su nuevo amor es Edward Brady, anarquista austriaco de gran cultura que acaba de cumplir diez años de encierro en su país por distribuir literatura revolucionaria. Ed la liberará completamente de los viejos temores y le mostrará el rostro más luminoso del sexo. Emma sufre por entonces unos comienzos de tuberculosis que la hacen acudir a Rochester a descansar, cuidada por la solícita Helena, pero en seguida la miseria y el paro creados por la crisis la espolean de regreso a Nueva York, donde es el alma de los que tratan de despertar al proletariado. Su discurso en agosto de 1893 en un mitin en Union Square motiva una acusación contra ella y poco después es detenida en Filadelfia, donde había ido a hablar. Tras un juicio en el que se usa como prueba una transcripción falseada de su arenga en Union Square, se la condena a un año de reclusión en la isla de Blackwell.

La experiencia de la cárcel la confirma en su opinión de que el crimen es un resultado de la pobreza. Convive con mujeres marginadas, sin ninguna conciencia social, que cuando Emma se niega a ejercer de negrera en el taller de costura, reaccionan desviviéndose por ayudarla. Pasa un mes en el hospital con reumatismo, y acaba quedando allí de enfermera, un trabajo que le encanta, aunque le toca vivir momentos duros y además su inveterada costumbre de denunciar todas las injusticias la lleva al calabozo una temporada. Recibe visitas: Ed, Fedya, Voltairine de Cleyre, el activista John Swinton… , y una carta cariñosa de Sasha: “Ahora sí eres mi marinerita…” Cuando es liberada en 1894, tiene el convencimiento de que la cárcel ha sido su escuela más dolorosa, pero también la más vital, la que la ha acercado a las complejidades del alma humana y le ha permitido ver la vida con sus propios ojos y ser consciente de sus capacidades.

Tras ser liberada, Emma Goldman se ha convertido en una celebridad, pero trata de vivir una vida tranquila con Ed y trabaja de enfermera. Al no tener el título le pagan muy poco y esto hace que en seguida acaricie el proyecto de conseguir uno. Una buena opción, a la que todos la animan, es estudiar en Viena, con lo que el 15 de agosto de 1895 emprende el viaje. Su primera parada es Londres, donde le sorprende la libertad de expresión existente y no menos la enorme miseria que ve en las ciudades. Piensa que tal vez con la primera los gobernantes tratan de hacer más tolerable la segunda. Conoce a Errico Malatesta, Louise Michel, heroína de la Comuna de París, y Piotr Kropotkin, y se convierte en asidua oradora en Hyde Park, pero pronto parte para Austria, donde vive con el nombre de E. G. Brady y hace un curso de comadrona y otro de enfermedades infantiles; también lee con pasión a Nietzsche y escucha a Sigmund Freud, que con sus explicaciones “daba la impresión de que te sacaba de un sótano oscuro a la luz del día”. Regresa a América con sus títulos en 1896.

En Nueva York, Emma Goldman participa en el renacimiento que se estaba produciendo en el movimiento anarquista americano, mientras la relación con Ed, demasiado posesivo a juicio de ella, se resiente. Trabaja de comadrona y ayuda a niños a llegar a un triste mundo de miseria. Sin embargo se niega a practicar abortos, aunque es solicitada para ello, porque los considera peligrosos. En 1897 protesta contra las torturas de los procesos de Montjuïc, y poco después de la ejecución de Cánovas por Angiolillo es arrestada durante un mitin en Providence. Liberada, parte para hablar en Filadelfia, Washington, Pittsburgh y Detroit. En 1898 una nueva gira la lleva hasta California. La crónica de estos periplos nos acerca a los ambientes radicales de aquel momento en los Estados Unidos, a los activistas y sus publicaciones. Los medios más influyentes la atacan sin contemplaciones y sólo en raras ocasiones destacan su “aspecto inofensivo”. La declaración de guerra a España sorprende a Emma en California y allí ha de defender su pacifismo contra los “patriotas” que tratan de reventar sus conferencias. De regreso en Nueva York, las protestas de Ed, que la quiere a su lado, provocan la ruptura de la pareja.

En su gira de 1899 vive en Chicago con Max Baginski, su nuevo amante, editor de Der Arbeiter Zeitung, con quien disfruta de apasionadas lecturas de Nietzsche, muy admirado por los dos. Hay que decir que Ed era un ardiente detractor del alemán y eso también tuvo su influencia en la separación. Después Emma recorre la costa oeste y la zona de los grandes lagos. A fines de año parte para Inglaterra tras organizar un intento de fuga para Sasha, ideado por él y que consistía en la excavación de un túnel. Su objetivo es estudiar medicina en Suiza, para lo que unos amigos le han asignado una pequeña pensión mensual. Su primera parada es Londres, donde tiene una casi violenta discusión con Piotr Kropotkin, defendiendo ella la importancia del aspecto sexual en la propaganda anarquista. Da mítines y conoce a Rudolf Rocker, alma de la agitación en el mísero East End. Hippolyte Havel, un joven checo que trabaja en una fonda, es pronto su nuevo amante y planean ir a Suiza juntos.

En enero de 1900 llegan a París y pasan un mes delicioso haciendo turismo revolucionario por la ciudad: la Bastilla, el Mur des fédérés…, aunque no desdeñan los conciertos y la ópera.  Contactan con los anarquistas y trabajan en la organización de un congreso libertario que al fin tuvo que celebrarse clandestinamente. Emma se entusiasma con los métodos anticonceptivos que conoce en reuniones de grupos neomalthusianos y planea difundirlos en América. Cuando los amigos que iban a financiar sus estudios le retiran su asignación al enterarse de que sigue dedicada al activismo, y al llegar la noticia de que el túnel construido para liberar a Sasha ha sido descubierto, afortunadamente sin que se sepa para qué preso iba destinado, Emma decide regresar a América. Para conseguir dinero, trabaja guiando turistas americanos por la exposición universal que se celebraba en París esos días. A finales de año, Hippolyte y ella están de vuelta en Nueva York.

Durante unos meses, Emma trabaja de enfermera cuidando a una misteriosa dama convaleciente de su adicción a la morfina, que resulta ser la dueña de un burdel de alta categoría. Es una mujer culta y amable que no trata demasiado mal a sus chicas y pronto se interesa por las ideas de Emma. En mayo de 1901, las dos acuden al mitin que da en la ciudad Piotr Kropotkin en su segunda gira americana. Emma ve a menudo a Ed, que se ha casado y tiene una niña, mientras Hippolyte ha ido a trabajar a Chicago en Der Arbeiter Zeitung de Max Baginski.  En verano llegan dos cartas de Sasha. En la primera describe terribles experiencias en la cárcel, historias de enfermedad, locura y muerte, pero en la segunda anuncia regocijado una reducción en su condena y que un nuevo inspector ha mejorado el trato que se le da. En septiembre pueden verse unos momentos, aunque tras meses en celda de aislamiento él es incapaz de pronunciar palabra: “Sólo sus ojos me miraban fijamente, ahogándose en mi alma. Aquellos sí eran los ojos de Sasha, asombrados, torturados ojos.”

Ese mismo mes, el anarquista Leon Czolgosz atenta contra el presidente republicano McKinley, puntal del imperialismo norteamericano, que morirá a los pocos días. Detenido, se le atribuye una falsa confesión de haber sido inducido por Emma Goldman. La realidad es que él simplemente la abordó y habló con ella un par de veces. Emma está en St. Louis en ese momento, y mientras se la busca por todo el país, viaja en tren a Chicago. Allí, aunque todos le aconsejan que huya al extranjero, termina por entregarse. Los interrogatorios son brutales hasta que queda claro que las declaraciones atribuidas a Czolgosz respecto a ella son falsas. Después, pasa su encierro atendiendo entrevistas, mientras muchos piden el exterminio de los anarquistas. En el traslado a la cárcel es golpeada por un policía y pierde un diente. Es liberada en breve cuando las autoridades de Buffalo son incapaces de aportar pruebas de su implicación en el atentado y no logran su extradición. En un artículo, Emma expresa su solidaridad con Leon Czolgosz , “un joven sensible que no ha podido soportar la injusticia y la miseria de sus semejantes.”

Visita a sus parientes en Rochester y sólo entonces sabe que han sido hostigados a causa de su relación con ella; es un enorme alivio que le manifiesten su más sincero apoyo. De regreso en Nueva York, trata de hacer algo por Czolgosz, aunque la mayor parte de los anarquistas americanos y judíos están contra él y sólo los latinos lo defienden. Es asesinado en la silla eléctrica el 29 de octubre de 1901. Distanciada de un movimiento de cobardes, Emma vive con su hermano Yegor y Dan, un joven amigo de este que es su nuevo amante. Usa el nombre de E. G. Smith, y trabaja de enfermera y modista. Mientras tanto, el presidente Theodore Roosevelt redobla la persecución de los anarquistas.

En el verano de 1902, cuando hay huelgas en las minas de carbón y llegan noticias de una feroz represión en Rusia, Emma retoma su activismo. La incrementada persecución del anarquismo le ha ganado simpatías entre los liberales y es invitada a hablar en medios que antes le cerraban sus puertas, ocasión que aprovecha entusiasmada. Vive sola, trabaja de enfermera y cultiva la amistad de Ed, cuyo matrimonio va de mal en peor. Su muerte en un extraño accidente en abril de 1903 la deja desolada, y la obliga a reflexionar sobre su incapacidad para volcarse entera en una relación amorosa. Dos emigrados rusos del Partido Socialista Revolucionario, Rosenbaum y Nikoláev, la hacen comprometerse más con la propaganda contra el régimen autocrático y con la llegada a Nueva York de la heroica Yekaterina Breshkóvskaya, “Bábushka”, a finales de 1904, los mítines y reuniones tienen un éxito extraordinario. El domingo sangriento en enero de 1905, en que la multitud fue masacrada en San Petersburgo, sirvió para mostrar a los tibios el auténtico rostro de Nicolás II.

Poco después, Emma abre un local de fisioterapia, que le deja más tiempo para el activismo que los trabajos de enfermera que hacía, y su sobrina Stella (hija de su hermana Lena) viene a vivir con ella a Nueva York; pronto encuentra empleo de secretaria de un juez. El verano lo pasan en la isla de Hunter con un grupo de teatreros rusos, la compañía de Pável Orlenev y Alla Nazimova. En octubre, Emma los ayuda en su gira triunfal por Boston y Chicago, alternando su identidad real con la de una discreta señorita Smith. Cuando piensan en remunerarla por su constante apoyo, el resultado es la fundación de una revista que desde su nacimiento irá unida al nombre de Emma Goldman. El 1 de marzo de 1906 aparece el numero 1 (64 páginas) de Mother Earth, un hogar para todos los idealistas del arte y la literatura. De gira en Buffalo, le llega la noticia de la muerte de Johann Most, el maestro, amigo, amante y después enemigo implacable. El breve discurso de Emma en el homenaje que se le tributa en el Grand Central Palace logrará emocionar a todos.

Poco después Emma cierra su salón de masajes y se centra en el trabajo en la revista. Por esas fechas rompe con Dan. El 18 de mayo, tras catorce años de reclusión, Sasha Berkman es liberado. Es un hombre desconocido el que aparece en un andén en Detroit, pálido, extraviado, con unas enormes gafas y el sombrero calado. Emma se funde con él en un abrazo sin final. Hay una cadena de actos programados, pero pronto viven días tranquilos en una granjita en Ossining, donde Emma cocina los platos judíos favoritos de Sasha. Luego en la ciudad viene el desarraigo y noches de sueño interrumpido por gritos de terror. En octubre, Sasha parte para una gira de conferencias y en Cleveland se pierde su rastro; mientras todos temen lo peor vaga tres días sin rumbo obsesionado por la idea del suicidio; por fin, reaparece en Nueva York: el recuerdo de “su marinerita” lo ha traído de regreso a la vida. Cuando Emma es detenida con otros compañeros durante un mitin, Sasha resucita para luchar por su libertad. No obstante, hay diferencias serias entre ellos a la hora de analizar la realidad y plantear estrategias. Para Emma, Sasha vive anclado en el viejo mundo anterior a su condena.

En 1907, Emma parte de gira de marzo a junio, mientras Sasha queda a cargo de la revista. No faltan prohibiciones y conflictos, pero Emma recorre los Estados Unidos exponiendo el mensaje del anarquismo y la prensa se muestra más comprensiva y tolerante que hace años. En agosto embarca con Max Baginski para asistir a un congreso anarquista en Amsterdam. El ambiente de libertad de pensamiento y expresión que se respira en Holanda los entusiasma. Allí estaban también Errico Malatesta, Luigi Fabbri, Alexander Schapiro y Rudolf Rocker entre otros muchos compañeros. En París coinciden poco después con Piotr Kropotkin y conocen La Ruche (La colmena) la experiencia educativa libertaria de Sebastian Faure en Rambouillet. A finales de 1907 están de regreso en Nueva York, donde encuentran a Sasha enamorado de Becky Edelson, una joven camarada. Esto no deja de deprimir a Emma, que pronto sale de gira para tratar de enderezar la maltrecha economía de Mother Earth.

Es el invierno de 1907-1908 y la crisis golpea con fuerza. La batalla social está tensa al límite y la policía impide a Emma Goldman hablar en Chicago, lo que provoca altercados y protestas en la prensa. En respuesta, es aclamada luego en Milwaukee. En estos días, Emma se enamora perdidamente del doctor Ben L. Reitman, un personaje contradictorio con algo de fauno que pronto es su amante y la acompaña a California, Oregón y Montana. El éxito es enorme en todos estos lugares y se consiguen abundantes fondos para la revista, pero se agotan rápido. En San Francisco, William Buwalda, un soldado de uniforme, acude a estrechar la mano de Emma tras su elocuente discurso contra el mito de la patria; será procesado por ello y acabará militando en las filas libertarias. A finales de año, Emma parte de nuevo de gira con Ben y recorren la costa oeste con profusión de prohibiciones, multas y detenciones. Además se ven obligados a cancelar un proyectado viaje a Australia, lo que ocasiona fuertes pérdidas económicas.

En la primavera de 1909, las conferencias de Emma en Nueva York son suspendidas o boicoteadas sistemáticamente, pero esto provoca protestas, hasta en el New York Times, y su popularidad crece, al tiempo que lo hacen las suscripciones a Mother Earth.  Realiza después varios viajes de propaganda, apoya huelgas y en otoño se une a las movilizaciones contra el juicio y asesinato de Francisco Ferrer en Barcelona tras los hechos de la Semana Trágica. Los temas de que habla son variados: presentación del ideario anarquista, pero también reflexiones sobre educación, feminismo, arte o literatura; el teatro era una de sus grandes pasiones.  En el invierno de 1909-1910, diserta sobre las causas y consecuencias de la prostitución. Le gusta dirigirse sobre todo a medios obreros, aunque si es invitada no desdeña las universidades ni a los burgueses liberales. Su pasión, elocuencia y sinceridad ganaban por doquier  adhesiones a una visión crítica del entramado social. En su gira de los primeros meses de 1910 visitó 37 ciudades en 25 estados, dando 120 charlas. Se vendieron diez mil libros y otros cinco mil se distribuyeron gratuitamente. En Glen Ellen, cerca de San Francisco, Emma y Ben vivieron varios días en casa de Jack London, cultivando una amistad que no excluía discusiones sobre las diferentes estrategias de socialismo y anarquismo.

En enero de 1911, Emma Goldman publica una selección de sus conferencias: Anarquismo y otros ensayos, y se inaugura el Francisco Ferrer Centre en Nueva York, que será pionero de la pedagogía libertaria en los Estados Unidos. Poco después, la gira de ese año sufre menos contratiempos policiales que los que solían ser habituales y durante ella les llegan además buenas noticias de la revolución mexicana. El libro concluye con algunos sucesos de 1912. En una visita a San Diego, se les impide hablar y Ben es secuestrado y linchado por una turba de ultras; lo apalearon y embrearon, y quemaron las siglas IWW en sus nalgas. Esto sin embargo provocó indignación general y un enorme éxito luego en Los Ángeles y San Francisco. A finales de ese año, la editorial de Mother Earth publicó las Memorias de un anarquista en prisión, el primer trabajo literario importante de Alexander Berkman.

Viviendo mi vida es un preciso manual de instrucciones sobre cómo puede uno dedicar la suya a combatir el capitalismo y su régimen de alienación y explotación. Sus páginas nos aportan un retrato vívido y entrañable del activismo norteamericano en unos años cruciales, y resultan imprescindibles para conocer a sus protagonistas, sus estrategias y sus luchas. No obstante, Emma Goldman nos permite asomarnos en ellas sobre todo a los laberintos de su alma, al idealismo que siempre la espolea y a las tormentas de su libido, a la compasión extrema por los que el capitalismo masacra y a las contradicciones que imponen el ego y el amor a una vida sin sobresaltos del que nadie escapa. Sin falsos rubores, la mujer y su época quedan así al descubierto para iluminarnos a todos.